dissabte, de juny 02, 2007

COINCIDENCIA

Hoy estaba. El jueves, no. Imaginaba que no estaría, pero aún así pasé. No había nada sobre la superficie del expositor de cristal. No debía estar. Me acerqué a escarbar un poco entre los diferentes títulos, pero nada. Todavía el de la semana pasada. Salí a la rotonda y allí, unos metros por delante, andaba ella a punto de cruzar al paseo. Nadie, a la una y media, más estrambótico ni elegante que ella a la vista, con su parasol blanco de bastón de madera (del mismo tono que los paraguas de los chinos). Atraía las miradas. Sabía más o menos por dónde vivía, y me pilla de camino, así que la seguí. ("¿Sigues a la gente, Jordi? Estás enfermo"; Sí, y si tienen un buen culo, mejor, pero no era el caso). Ese barrio es un imán para mis profesores de instituto. Ocho, como mínimo. Y otros dos que no deben vivir mucho más lejos. Algunos, compartiendo escalera. Otros, hasta cama.

En el instituto tenía mala fama. Fama de dura, de exigente. No fue un gran año. Aprobé Filosofía de COU en septiembre, y no guardo tan mal recuerdo. Ahora que pienso, creo que la tuve también en tercero. Por algún rincón debe andar la libreta. La he visto más veces: paseando con una amiga (ella, claro) sobre todo y, este año, también en dos actos de la escuela oficial. No la he saludado nunca, pero me sigue pareciendo una buena mujer. Implicada.

En la acera del parque, desaparece en un portal. Reduzco el paso para no encontrarla todavía abriendo la puerta. El número del portal me llama la atención. Buscaba el último número de 52. Y allí estaba.