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dimarts, d’agost 05, 2008

META-PORTADAS (7)

Para la historia de complemento de Simpsons Comics #8 (enero 1995), Bill Morrison convirtió a la maestra de cuarto curso de la Escuela Elemental de Springfield, Edna Krabappel (aquí pronunciado /cara-pápel/), en una de las «reinas de la jungla» que poblaron los comic books durante la segunda guerra mundial. Nacía así Edna, Queen of the Congo.

La portada de Groening y Morrison no remite a ninguna en concreto (que yo sepa) y a un puñado a la vez. Una que se le parece es la de Sheena, Queen of the Jungle #9, atribuida a Joe Doolin (1902) y publicada en algún momento de 1950:

Ni que decir tiene que no he leído una sola historia de Sheena, a pesar de sus hipnóticas portadas, pero no está de más conocer la importancia histórica de tal personaje. Creada por Will Eisner y Jerry Iger en 1937, la reina de las «jungle girls» fue incluida al año siguiente por la editorial Fiction House en su cabecera Jumbo Comics, donde protagonizaría todas las portadas comprendidas entre 1940 y 1952. Un periodo en el que los soldados estadounidenses movilizados en las guerras (2GM y Corea) agradecerían sin duda un par de piernas largas y una melena rubia al viento.

Jumbo Comics #64 (junio 1944) y #97 (marzo 1947)

Como vemos, la portada de Edna, Queen of the Congo sigue un patrón ya reiterado en la serie original, a veces con sólo un año de diferencia:

Jumbo Comics #78 (agosto 1945) y #90 (agosto 1946)

Por último, destacar que Sheena se convirtió en 1942, meses antes de que lo hiciera Wonder Woman, en el primer personaje femenino de comic book con título propio, el ya visto Sheena, Queen of the Jungle.

divendres, de maig 16, 2008

SPECTRA, DÍA 2 (VIERNES 18)

(Nada. Ni un mísero «¿dónde estás, Senador?» ni tampoco el entrañable «¡queremos un hijo tuyo!». Se sube uno al carro de los ausentes después del puente de mayo y nadie reclama mi vuelta. Tenga usted un blog para esto... Bueno, dos fines de semana fuera de casa, un par de redacciones de alemán y unas pocas páginas del proyecto más tarde...).

Lo mejor de este tipo de crónicas es redactarlas con los acontecimientos todavía frescos. Si no se hace así, luego se requiere de mayor tiempo para recordar lo vivido y meditar sobre lo escuchado. A saber lo que puede salir a estar alturas. Here we go again.


1.
Javier Cavanilles, redactor de El Mundo en Valencia, fue el encargado de abrir la tarde a eso de las seis con una conferencia titulada «Las mentiras de la conspiración». Antes, Mike Ibáñez lo había presentado como coautor de Los caras de Bélmez, libro donde desmonta la historia de las caras que se dibujan solas en las paredes. Si uno escribe su nombre en un buscador descubre que a raíz de este asunto no le han llovido los amigos precisamente. Lo de las caras de Bélmez no es nada que me quite el sueño, pero alguien tenía que salir a decirlo: no existen las manchas de humedad de trazo inteligente. Puede parecer una noticia curiosa vista en un informativo, ese programa en el que suspendemos nuestra incredulidad muchísimo más que cuando vemos ficción; sin embargo, si nos detenemos un instante a pensar, es como aquella vez que vimos cómo a una niña le salían trozos de cristal del ojo. No puede ser.

Cavanilles dedicó poco tiempo al tema de Bélmez. Sí profundizó, en cambio, en la definición de la antiquísima costumbre humana de conspirar («unión de varias personas contra su superior o soberano»), y en el hecho de que desde hace décadas las teorías de la conspiración se asocien con o nazcan en los Estados Unidos. Nada extraño si se tiene en cuenta que en su misma Declaración de Independencia de 1776, los trece primeros Estados ya se aliaron en contra del Rey Jorge III de Gran Bretaña. Vamos, que conspirar forma parte del American way of life de toda la vida.

Acostumbrado ya al ambiente presentado el jueves (y supongo que también porque no le conocía), el tono de monólogo cómico que introdujo Cavanilles me pilló un poco con el pie cambiado y tardé en amoldarme. Por una parte, ridiculizó un poco el movimiento conspiranoico, cuyos miembros, dijo, son conspiranoicos porque mola creer saber cosas secretas que el resto de los mortales ignora, porque esto los hace creerse más listos y porque, de paso, les ayuda a configurarse una identidad que los distinga como grupo. Por otra, alertó de la necesidad de no perder el ojo crítico para valorar toda información venga del lado que venga. Eso sí, a pesar de la autocrítica que manifestó sobre las ideas conspiranoicas, sí reconoció que éstas pueden acercarse más a la verdad que la versión oficial. O, como mínimo, pueden ayudarnos a cambiar el punto de vista sobre los temas o a que nos quitemos las vendas. Porque, añado, es muy extraño que tres edificios se derrumben de idéntica forma el mismo día y en la misma ciudad.

Lo que sí parece interesar más a Cavanilles, y de cuya existencia no duda, es el Club Bilderberg, que reúne cada año desde 1954 y a puerta cerrada a la gente más poderosa del mundo. Según la Wikipedia, en la lista de asistentes a la reunión del año pasado en Estambul figuran los Reyes de España, Bernardino León (del Gobierno), Matías Rodríguez Inciarte (del Banco Santander) y Juan Luis Cebrián (de PRISA). En otra lista de asistentes en general aparecen también Felipe González y Esperanza Aguirre. En principio, no es para nada descabellado que los millonarios del planeta se junten de vez en cuando. Otra cosa es explicar cómo todos estos nombres son públicos si se supone que son reuniones secretas, o si es que existe alguien que se entretenga inventando nombres de asistentes. Imagino que todo ello vendrá explicado en los libros que al respecto se han publicado en España en los últimos años.

Si bien mientras atendía esta charla de Cavanilles me pareció en su momento que las jornadas habían bajado un poco el listón, he de reconocer que tanto la suya como la última intervención de la tarde, a cargo del fotógrafo Joan Fontcuberta, enmarcaron muy bien, con el humor distendido de ambas, el tema estrella que trajo la periodista Gudrun Greunke: el síndrome tóxico atribuido al aceite de colza.

2. Lo de la colza es algo bien gordo. Quién más quién menos, todos hemos crecido con la copla de que el aceite de colza es malo porque mató a mucha gente hace años. Bien, eso es lo que se dice. Y de lo que se dice a la vida real suele ir un abismo, si es que existe alguna relación. Poisoned Lives (1991), el documental impulsado por Greunke que realizó Yorkshire Television a partir de su libro El montaje del síndrome tóxico, nos mostró una historia bastante diferente de la versión oficial mantenida hasta ahora.

No tiene ningún sentido que yo me detenga aquí a describir la secuencia de los hechos cuando en otro lugar alguien que se dedicó a investigar el caso ya se ha ocupado de ello. Lo que más me extraña es que bastara una explicación tan endeble como la proporcionada por las autoridades para que la gente no mirara más allá de la colza. Y es que la versión que sostienen, que bastó para encarcelar a unos empresarios del aceite, no viene sino a decir que a pesar de ser tóxico aquel aceite, ninguno de los análisis (nacionales e internacionales) determinó que contuviera ninguna sustancia mortal o que causara unos efectos degenerativos tan acelerados. Esto es, que el mismo aceite que ha acabado matando a más de 1000 personas no mató a ninguno de los ratones a los que se les inocularon las muestras más tóxicas recogidas; es más, no sólo no murieron sino que engordaron y se volvieron más activos. Todos.

En realidad, según Greunke (y los análisis que la respaldan), la enfermedad fue causada por un envenenamiento a base de plaguicidas organofosforados que se habían aplicado sobre unos tomates cultivados en Almería (la misma Almería que ya era famosa por lo de Palomares). El mapa de la enfermedad trazado por el Dr. Antonio Muro coincidía con la red de distribución de la partida de tomates, y no lo hacía con las rutas de los camiones del aceite, como había observado un responsable de Sanidad destituido tras averiguarlo.

Los organofosforados son un tipo de enlace químico descubierto a principios del siglo pasado que empezó a sintetizarse poco antes de la segunda guerra mundial con dos finalidades: 1) como pesticida (i.e.: malatión, parathion), 2) como gas nervioso (i.e.: sarín, soman, tabun). A este respecto, Grunke apuntó que el mismo CESID trabajó con la tesis de que el síndrome tóxico podía haberse debido a un ensayo de arma química (de la CIA, por supuesto).

Y ahora, aunque parece que cambie de tema, voy a dar un pequeño rodeo para volver al mismo sitio. Tras la proyección y los comentarios sobre la misma, Raúl Sensato (el Doctor Repronto), presente entre el público, recuperó unas palabras leídas por Greunke en la presentación del vídeo que se nos habían quedado clavadas a más de uno: «Me temo que hay muchos más escándalos de este tipo. Sólo hay que pensar en casos como el SIDA» (copiado del dossier de Spectra). A las preguntas de Raúl, Greunke afirmó que el SIDA «no existe». No niega que enferme ni que muera gente, sólo que no enferma ni muere de SIDA. Más todavía: que los síntomas del SIDA son diferentes en cada continente y que la epidemia en África no es de la magnitud con la que nos la describen.

Puede que con el SIDA le haya ocurrido a Greunke aquello que reza el refrán: «cuando uno tiene un martillo todo lo que ve son clavos». O puede que también tenga razón, no lo sé. Partiendo de lo que nos dijo de que los primeros cinco homosexuales de Los Ángeles contagiados no se conocían entre sí, se me ocurre un ejercicio de imaginación. Su desarrollo, en el siguiente párrafo.

En mayo de 1981 mueren en España los primeros afectados del síndrome tóxico. Un epidemiólogo del Centers for Disease Control and Prevention (CDC) se acerca a Madrid a investigar. En junio del mismo año, una publicación del CDC informa de los primeros enfermos de SIDA. Lo primero pudo ser un ensayo de arma química sobre civiles no seleccionados. Lo segundo pudo ser el ensayo de una enfermedad creada por el hombre inoculada en homosexuales. Nada nuevo. Según cuenta John Marks en su En busca del candidato de Manchuria, la OSS desarrolló durante la 2GM «un importante arsenal de venenos químicos y biológicos» que igual que servían para matar también lo hacían para causar «picor de piel, calvicie, diarrea y mal olor corporal» (p.74). La cuestión era neutralizar el adversario o influir en su comportamiento. Al amparo de la misma filosofía, la CIA habilitó pisos francos (safehouses) en San Francisco a partir de 1955 con la finalidad de administrar drogas y otras sustancias a determinados individuos y observar sus efectos. O sea, experimentar con sujetos sin su conocimiento. Buscaban personas de todo tipo, pero la CIA puso especial atención en prostitutas, drogadictos, indigentes y supongo que también homosexuales. Entonces entraban todos dentro del mismo saco y, después de todo, aquello era San Francisco. Tras el cierre («sobre el papel», dice Marks, p.218) de esas casas una década más tarde, no me extrañaría que siguieran los experimentos y que en uno de aquellos dieran con la pandemia aterradora de nuestra época.

Claro que también podría ser, como se dice, una enfermedad zoonótica desmadrada. Seguiremos investigando. En cualquier caso, no cabe duda que estas epidemias se convierten en una herramienta perfecta para controlar mediante el miedo a grandes masas de población.

3. Joan Fontcuberta animó la tarde con su charla titulada «Fotografies conspiratives». A raíz de la lectura de Photo Fakery (escrito por Dino A. Brugioni, histórico analista de imágenes de la CIA), Fontcuberta nos animó a desconfiar de las imágenes y a que nos opusiéramos a la conspiración que, desde el mundo del arte, ha transmitido durante décadas la idea falsa de que las fotografías reflejan la realidad tal y como es.

Cualquiera con un poco de idea sabe que las imágenes no son de fiar. Más gente todavía desconoce que el retoque fotográfico no nació con el photoshop. Lo que no sabía es que el primer daguerrotipo ya fue en sí un montaje.

Si os fijáis, esas personitas que aparecen en la esquina inferior izquierda no pudieron impresionarse de ningún modo en la placa a no ser que alguien les dijera que se estuvieran quietas durante más de 10 minutos.

Fontcuberta nos habló de Bonk Business, una empresa finlandesa que prosperó a finales del XIX gracias al aceite de anchoa y que con el tiempo inventó máquinas como ésta, que funcionaba con el mismo aceite; también nos presentó las guías de viaje de Jetlag, sobre países tan recónditos como Molvanîa o Phaic Tăn; o de su descubrimiento personal de la odisea del cosmonauta Ivan Istochnikov, al que homenajeó en su exposición fotográfica Sputnik. Si podéis, miraos los vídeos de su charla, porque fue de lo mejor de Spectra.

4. Apéndices:
-La charla de Gudrun Greunke: uno, dos, tres y cuatro (lo del SIDA, en este último).
-Raúl Sensato también escribió sobre el síndrome tóxico.
-La xerrada de Joan Fontcuberta (en català): un, dos, tres, quatre, cinc, sis i set.

Ea, ya tenéis con que entreteneros unos días, aquellos que todavía entráis. Por mi parte, este texto dejará de rondarme la cabeza y podré pasar a completar el post número 200, que supongo que colgaré un día de éstos.

diumenge, d’octubre 07, 2007

HISTORIA A GRITOS

Mi familia tiene una especial habilidad para desaparecer las mañanas de los sábados y dejarme solo con mi abuelo, que no tiene nada mejor que hacer los fines de semana que venir a vernos. Ayer, poco antes de las 11, ya había desaparecido todo el mundo; incluso mi padre, su único hijo. Y yo estaba solo.

Empezó como quien no quiere la cosa, con una pregunta de lo más inocente por su parte: «¿Cómo está eso de la quema de fotos del Rey?». Agotados los temas del teléfono móvil desde que se lo cambiamos por otro que escucha mejor, y el del cinturón de la hernia que quería que le reparásemos, de vez en cuando sale con lo de que Zapatero es un bandolero que va a llevar a este país a la ruina para vengarse de la muerte de su abuelo en la guerra. Le respondí que por mí pueden hacer lo que quieran. En la cabeza tenía una respuesta más larga, pero cuando uno habla con mi abuelo aprende a sintetizar el mensaje al máximo, para que llegue al destinatario con el menor número de repeticiones posibles.

La respuesta larga: quemar una imagen, quemar una bandera, no significa nada más que lo que es: quemar un papel, quemar una tela. Mientras no maten ni quemen aquello que representa, no debería ser delito. Igual que los partidos políticos son el cáncer de la democracia, las banderas son el cáncer de las naciones. En este sentido, no sólo deberían derogarse los artículos 490.3 y 491, de calumnias e injurias contra la corona, sino también el 543 del Código Penal, sobre los emblemas de España y sus CCAA.

Para mi abuelo, por supuesto, la culpa de todo la tiene Zapatero. Y antes que él, los socialistas. Y antes que él, los marxistas. Para mi abuelo el comunismo es algo que debería estar prohibido, exterminado de la faz de la Tierra, porque es un sistema, sí, muy bonito, pero que sólo trae (o ha traído) miseria. Para él, la prueba de que el capitalismo es mejor que el comunismo es el hecho de que en Rusia sólo ha durado 70 años mientras que EEUU lleva más de un siglo sirviendo al capital. Es un argumento. Falaz y ciego, pero argumento.

Mi abuelo se iría antes con los estadounidenses que con los comunistas. Yo no me iría con nadie, pues ambos sistemas se basan en la opresión y la destrucción. Sólo por haber lanzado no una sino dos bombas atómicas, EEUU es un estado criminal. Y decir que no había otra solución no justifica nada. El hecho de que EEUU haya entrado tarde en ambas guerras mundiales, cuando los ejércitos de uno y otro bando estaban lo suficientemente debilitados como para que el suyo, fresco, nuevo y con mejores armas, pareciera el salvador venido de ultramar, es indicativo de su oportunismo. La implosión de Europa y el avance del nazismo le importaban tanto como una mierda de mosca, pues EEUU se preocupa y siempre se ha preocupado por su propio beneficio. Si Truman hubiera sido condenado a 20 años de prisión como otros criminales nazis yo no tendría tantos motivos para quejarme. Pero eso no sucedió.

Mi abuelo luchó con los nacionales. Aunque de pequeño pudiera tener esa imagen maniquea de que un abuelo mío luchó con los buenos y el otro con los malos, ahora es algo que no le reprocho. En una guerra, es más el bando el que te elige a ti que tú quien elige al bando. Es una situación límite de la que si sales vivo ya has hecho bastante.

Es evidente que yo no estaba allí, y mi abuelo me lo recordaba mientras más o menos defendía a Franco. Me explicó que Franco había conquistado parte de África, y que eran tan pocos que jamás habrían ganado de no ser por la desorganización del otro bando. Tal vez sea esto otro mito, tal vez no. Mi abuelo lo repite: mientras los nacionales avanzaban, los rojos estaban de juerga, comiendo y bebiendo. A mí me suena a propaganda. Después de la victoria del Movimiento, dice, las cosas se le fueron de las manos.

Mentó a Franco porque poco antes había dicho, a raíz de las fotos del Rey, que la II República fue un desastre, y que ahora estamos demasiado bien como para pedir más cambios. No le faltará razón, pero no tenemos que agradecer nada a Franco. Por supuesto, yo «no estaba allí». Levantó el país y todo lo que él quiera, pero, y ésta es una pregunta que se le puede hacer a cualquier sistema de gobierno, constitucional o dictatorial, ¿vale la pena nuestro bienestar a costa del malestar de otra gente? ¿Vale la pena apoyar lo que tenemos si lo que tenemos es a costa del peor-estar, del mal-estar o incluso del no-estar de otros pueblos? Respuesta corta: no.

El nazismo llenó Alemania de autopistas y promovió una campaña agresiva contra el tabaquismo. Hitler era vegetariano estricto y repudiaba el maltrato a los animales. ¿Estos hechos por sí solos convierten al nazismo o a Hitler en algo bueno? Por supuesto que no.

Aquello que más me fascina es ¿qué lleva a la gente a apoyar unas cosas u otras? Por ejemplo, ¿qué ha llevado a mi abuelo a afirmar que Manuel Azaña era inteligente pero malvado? El artículo de la enciclopedia del País sobre Azaña podría resumirse como la vida de un escritor a quien el traje de político le venía grande, cuyas medidas causaron descontento popular pero que aglutinó a las izquierdas en su segundo mandato. De forma tácita, mi abuelo defiende el bipartidismo, pues no está de acuerdo con que el principal partido de izquierdas, a pesar de no haber ganado unas elecciones, obtenga el poder con la ayuda de los partidos pequeños. Y, por consiguiente, robe un gobierno a la derecha. Es una forma de verlo.

La base de todo es que nos encanta descubrir crímenes y errores del adversario. Aprendemos a ridiculizar al otro sin que nos parezca mal. El problema es que los crímenes del capitalismo, como son nuestros y ocurren lejos, no los vemos. Pero existen y son igual de reprobables. También, son tan grandes que nuestra vista no los abarca.

Este verano vi un anuncio de Dexia, una compañía financiera franco-belga, en una cadena de televisión británica o americana (voy cambiando y no recuerdo dónde veo los anuncios). Me gustó el eslogan: «Short term has no future» (el corto plazo no tiene futuro). El beneficio rápido propio del capitalismo es incompatible con el planeta. Uno de los dos tiene los días contados. Y nosotros estamos en medio.

PD: en resumen, fue una mañana bastante animada. En esta ocasión, como estaba hablando a gritos con mi abuelo, no tuve necesidad de repetirle nada, y casi parecía que, por primera vez, estábamos hablando de verdad.

dimecres, de setembre 12, 2007

PERDERÁS TU NOMBRE

Otra de las preguntas que se me quedaron hace unos días en el tintero (o donde sea que se queden ahora las ideas) es la siguiente: ¿a partir de qué momento, en 1939 o en años anteriores, la guerra de 1914-1918, conocida por sus coetáneos como "guerra del catorce" o "Gran Guerra" se convirtió en la "Primera Guerra Mundial" para así poder referirse al conflicto 1939-1945 como "Segunda Guerra Mundial"?

Incluyo lo de años anteriores porque es muy posible, dado el enrarecido ambiente de la política internacional de la época de entreguerras (ascenso de Hitler, crisis financiera, Rusia comunista, guerra civil española...) que se barajara ya la posibilidad de un enfrentamiento y que empezara a hacerse referencia a éste como "guerra mundial" incluso antes de que se iniciara (no lo sé).

Me llama la atención también porque el hecho de que compartan nombre las convierte de cara al público en primera y segunda parte de una misma historia. En cierto sentido, es como si la guerra del catorce hubiera perdido su "apellido de soltera" al "casarse" con la 2GM. Perfectamente la guerra del catorce podría haber seguido llamándose Gran Guerra y la segunda tan sólo "Guerra Mundial", pero se decidió relacionar ambas para la posteridad. Esto no es gratuito. Este tipo de nombres que tanto se repiten (guerra mundial, guerra fría, guerra contra el terror, hoja de ruta / Road Map) nacen de la prensa o de los gabinetes de comunicación (de propaganda) de los estados, como aquél que consiguió modificar la opinión pública estadounidense desde una postura contraria a la guerra a otra favorable para que los Estados Unidos pudieran intervenir en la guerra del catorce.

Es que eso de cambiar el nombre a un hecho histórico que había finalizado más de veinte años antes tiene mucha miga. Al menos para mí.

Ya, ya sé, esta pregunta se responde buscando en libros sobre las guerras mundiales. Sí, definitivamente, tengo que leer más («¡No! ¡Por tu vida! ¡¡Recapacita!! ¡¡¡No lo hagas!!!»).

dissabte, de setembre 01, 2007

COSMOVISIÓN

Servidor tiene faena lidiando con máquinas y formatos de vídeo, y los textos largos no volverán antes de una semana (seguro que acabo de alegrar el día a más de uno), pero no quería dejar de compartir con quien quiera que esté ahí la cita que abre el último libro que he empezado (que se suma a otros cuatro o cinco más). El libro es Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, de Rosa Sala Rose. La autora estructura los temas de la introducción a partir de la conversación mantenida por William L. Shirer, corresponsal de NBC, con su criada alemana el 14 de septiembre de 1939, poco después de la invasión de Polonia, de la que hoy se cumplen 68 años.

-«¿Por qué los franceses nos están haciendo la guerra? -preguntó la criada.
-«¿Por qué les están haciendo la guerra ustedes a los polacos? -repliqué.
-«Hum -dijo ella, con el rostro inexpresivo-. Pero los franceses son seres humanos -repuso finalmente.
-«Y quizá los polacos también lo sean -objeté.
-«Hum -respondió ella, inexpresiva otra vez».

A mí me dejó a cuadros.

diumenge, de juny 18, 2006

POST DESESTRUCTURADO

Anoche al final me acosté sin escribir una sola palabra. Suele pasar, demasiado a menudo (siempre, digamos), que pienso “Mira, esto podría contarlo en el blog. Y esto, también”. Es entonces cuando, al volver a casa y sentarme delante del portátil, me conecto y entro al blog y veo que no se ha actualizado solo. Nadie ha escrito el post por mí. Ni siquiera se ha actualizado por haber pensado en un tema y en unas cuantas frases para empezar el texto. No, hay que sentarse y escribir. Y siempre me da mucha pereza.

El viernes de la semana pasada, por ejemplo, madrugué para ir a Dieburg para, junto a Anahita y Claudia, enseñar al profesor el estado de la animación en la que habíamos estado trabajando el fin de semana anterior. Las semanas, de verdad, me pasan volando últimamente. Al profesor le gustó mucho la pieza, y a mí también, que no había tenido ocasión de ver el montaje en el que ellas habían estado trabajando los días anteriores. Con un par de retoques, estará listo para la exposición que se inaugura en noviembre en el Historisches Museum am Strom Hildegard von Bingen, en Bingen am Rhein, sobre los 650 años desde la fundación de la localidad. Lo de “am Strom” viene por que el edificio del museo es una antigua planta eléctrica.

Ese mismo día 9 la escuela celebraba el Media Day, al que por supuesto no me quedé, pues no me interesa ninguna de las actividades que pueda organizar la universidad. Y si son de autobombo, menos. Tampoco se quedó ninguna de mis compañeras, que se quejaron de que hubiera dinero para ese día y no para una ceremonia de clausura de estudios, que se ha aplazado cuatro o cinco meses. También es cierto que ellos por su cuenta sí pueden montarse una cena, que es lo que hizo el viernes por la noche mi clase de Gandia. Ellos ya casi han acabado la carrera y yo todavía tengo que volver para hacer el último curso. En cierta forma, es lógico que tarde más que el resto, aun siendo mayor que ellos, pues por alguna razón siempre llego tarde a todo. De hecho, todavía estoy caminando para llegar a ser un ser humano normal. Esto venía a cuento, señora R.A.F.I., porque servidor es lento por naturaleza, y si me ha calado sólo leyéndome es porque la lentitud impregna todos mis actos hasta límites que ni yo mismo sospechaba. Ya me lo dice mi madre (“He visto gente lenta, pero como tú, ninguna”), así que irá siendo hora de reaccionar aunque sólo sea para demostrar que no tiene razón y, como buen hijo, llevarle la contraria.

Tras despedirnos del profesor y entre nosotros, me fui a dar un paseo por el pueblo, para ver qué cara enseñaba en un día veraniego. Hice algunas fotos, con las que estrenaré mi cuenta el Flickr tan pronto venza a la pereza y aprenda a reducir el tamaño de los archivos de imágenes. El Photoshop y yo NO somos amigos.

Al volver a Darmstadt hice algo que había estado queriendo hacer desde finales de abril, cuando descubrí el Waldfriedhof al mismo tiempo que Quico y Pau, que habían venido a visitarme. Es exactamente lo que indica su nombre “el cementerio en el bosque” (o “el patio de paz en el bosque”). Se construyó durante la primera guerra mundial y se ha convertido principalmente en lugar de reposo de soldados de las dos guerras mundiales (también rusos y franceses) y de sus familiares. Allí también están enterradas las más de 10000 víctimas del bombardeo aliado sobre Darmstadt, que tuvo lugar la noche del 11 al 12 de septiembre de 1944. Pues lo que hice fue sentarme unas horas en un banco a la sombra y acabarme de un tirón el relato de Chesterton Los árboles del orgullo.

He visto pocos cementerios: el de Gandia, el de Benirredrà, el de Benimassot, el de Las Eras de Alcalá, el abandonado de Beniarjó (creo); no se pueden comparar con éste porque pertenecen a otra forma de entender los camposantos, que clasifica a los muertos en paredes de armarios archivadores, incluso con la escalerita para acceder a los documentos más elevados. También suelen ser de tierra seca o de suelo de cemento, y con cipreses como única vegetación. El Waldfriedhof es literalmente un bosque preñado de lápidas. En el suelo, porque la gente de aquí se encuentra ancha hasta en la tumba. Un gran lugar, diseñado más para que los vivos acudan buscando tranquilidad que para los muertos.

A la vuelta empecé a escribir un post, pero al poco me fui al Schwitz-fit y lo dejé colgado. Además de ser viernes, ese día se inauguraba el mundial con partido de Alemania, a la misma hora que el ejercicio, y se notó más todavía la falta de afluencia. A mí el fútbol digamos que me la suda. Ni me gusta ni me deja de gustar: me la suda. A los alemanes, que han empezado ganando, parece que les afecta más y ponen banderitas en los coches y en los autobuses, se pintan la bandera en la mejilla, se pasean con la bandera por capa. Digamos que se sienten identificados. En el Kaufhof de Mainz llegué a ver una dependienta con falda que llevaba la banderita pintada en la pierna, para lucirla mejor.

Por la noche me acabé de ver Die Hard. Ésa es otra. Algún día tendré que encarrilar este blog porque va a la buena de dios pero sin plan divino, digamos. Anoche estaba pensando en qué podía escribir en este post, pero de tanto pensar no escribí nada. Por la tarde ya quería escribir algo (“Vamos, Jordi, acabas estos ejercicios de alemán y te pones, que llevas días igual”) pero sólo me quedaba el último cuento del libro de Chesterton, que eran cuarenta paginillas y me estaba llamando para que lo rematara. Eso hice, con los pies apoyados en el alféizar de la ventana, con la hoja abierta hasta la pared, mirando de vez en cuando los paseíllos que se daban algunas en el 8A.

Se me ocurrió que tal vez podría, como vengo queriendo hacer desde hace meses, analizar alguna secuencia de alguna película y aprovechar la excusa para empezar a incluir imágenes en el blog. Entre Die Hard, la semana pasada (es mejor cada vez que la veo), y hace pocas noches Scarface y Shrek 2, tenía donde elegir, pero como antes de eso tengo que aprender a hacer capturas de pantalla con el VLC, pues me estuve viendo un rato más de Lawrence of Arabia, que la veo con el WinDVD y ahí sí sé hacer capturas. Me puse desde la toma de Áqaba, cuando empieza la tercera hora de película, pero el ordenador, por lo que fuera, se puso tonto, la imagen empezó a ir a trompicones y murió. Lo dejé enfriarse un rato pasando las páginas de la segunda década (del 35 al 44) de viñetas del New Yorker, de un cacho volumen recopilatorio que compré hace dos meses en el Flohmarkt de Frankfurt, y que se convertirá, si consigue llegar sano y salvo a casa, en la joya de la corona de mi colección junto al ejemplar firmado, dedicado y con un dibujito de un ratón del Maus de Art Spiegelman. Querría leerlo antes de enviarlo a España en un paquete con el resto de libros, y es que tengo que enviar paquetes sí o sí para deshacerme de sobrepeso y sobrebultos, e ir aligerando para el viaje de vuelta.

Pues eso, que el análisis textual para otro día. Antes de ponerme con Lawrence, estuve hojeando un librillo que me regaló un testigo de Jehová chileno que me paró ayer a mediodía cerca de Schloss, ¿Qué enseña realmente la Biblia?, que consideré comentar por los detalles interesantes que contiene. Me paró porque tengo rasgos latinos, y siempre anda a la búsqueda de gente que hable español, su target. Si realmente tengo rasgos latinos, ¿por qué no se me acercan también mujeres? Tal vez me las hayan reservado para la otra vida, pero el caso es que sólo me hablan hombres. Pues estuvimos hablando sobre el aquí y sobre el allá y sobre por qué no creo y por qué él sí. Cierto es que jamás en mi vida he tenido más fe que la que deposito en el servicio postal o en la mañana siguiente, problema de enfoque en el adoctrinamiento de mi colegio de monjas, que trataban la religión como una asignatura más en vez de como una materia relevante en la que estuviera en juego la salvación de mi alma. Envidio de alguna manera a aquellos que sí tienen Fe, a la que pueden recurrir en los momentos de crisis personales, pero las religiones son causa de muerte y guerras más que de otra cosa, y tengo el convencimiento de que un ser todopoderoso sólo puede ser malvado, categoría en la que no entra su Dios. Así que de gobernarnos alguien sería Satanás, pero ni en eso estamos de acuerdo, pues el librillo dice, en su página 85, que “en 1914 Jehová hizo Rey a Cristo y el Reino Celestial de Dios comenzó a gobernar”, por lo que ahora nos hallaríamos en el “corto espacio de tiempo que le queda a Satanás” antes de ser vencido en la guerra de Armagedón, tras la cual empezaría el Día del Juicio, un día de 1000 años. Ya digo, un librillo muy educativo e inspirador. Estuvimos charlando a gusto y debí caerle bien, porque era el único librillo que llevaba en su carpeta, entre ejemplares de Atalaya y ¡Despertad!

Pues me estuve entreteniendo con eso. También me hubiera gustado escribir algo sobre Mainz, ciudad que visité el sábado pasado y que me encantó, pero regresé destrozado tras siete horas pateándome el centro de la ciudad y el río. Fui solo porque era el único del grupo que todavía no había visto Mainz, y esto me sirvió para dar las vueltas que me diera la gana y pasar tantas veces como me apeteciera por el mismo sitio. Hizo un día magnífico, con demasiado calor, para mi gusto, pero soportable gracias a la cantidad de minifaldas por metro cuadrado que se avistaban. Menos el jueves, que intentamos ir a la piscina y nos llovió, llevamos dos semanas de sol. Lo mejor de Mainz: el Rhein, su orilla y la ciudadela. Cuando ya pensaba que había visto todo lo que según mi guía había que ver en Mainz, me topé con la ciudadela de la ciudad, de las pocas que hay en Alemania. Me apasionan las fortificaciones. De hecho, en los paseos que doy con mis perros por Benirredrà, pienso en cuánto costaría tapar las entradas del pueblo para protegerlo de un ataque por tierra. Mi casa quedaría fuera del recinto protegido, o haría de muralla en cualquier caso. En la ciudadela, para rematar la sorpresa, estaba teniendo lugar un concierto a cargo de una banda de niños, con sus jóvenes padres como público y como preludio a una barbacoa al aire libre, con perro incluido.

Y eso, que me entran ganas de escribir cuando no estoy delante del ordenador, que el blog no se actualiza solo, que los días pasan volando, que esta calor no anima, que por alguna razón no encuentro tiempo para escribir un post diario y, en definitiva, que me encanta perder el tiempo, como ahora, que estoy retrasando el momento de limpiar el baño, que ya me toca y que tampoco me pondré con ello después, pues hemos quedado para intentar un segundo asalto a la piscina. También, como siempre, que prefiero leer a escribir, aunque debería practicar esto último más si quiero vivir algún día de algo, porque la verdad es que no sé hacer nada más en esta vida.

Acabaré este revuelto acordándome de Rubén, Pau, Eduardo, Floren, Nuria y Joan (el Ménor), que se acordaron de mí la noche del viernes y me llamaron durante la cena de gala de fin de carrera que celebraron en Gandia. Un golpe bajo, porque así me entran ganas de volver donde ellos, con nota triste, pues aunque vuelva ya no compartiremos el último curso, que ellos acaban.