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dimarts, d’agost 01, 2006

ATASCADO EN EL DÍA 67 APC

Esta mañana por fin he roto el ciclo de los últimos días de dormir diez horas y después no poder levantarme. Ir a correr cansa. Y proporciona una nueva visión de las propias piernas. Tal vez haya sido una consecuencia psicológica de haberse acostado anoche con el plan de no correr hoy, después de haberlo hecho tres días seguidos, pero a las ocho horitas y pico ya estaba en pie.

15 minutos el sábado, 20 el domingo y 25 ayer. Hoy, descanso. Y sienta bien. El descanso, también. Hacía mucho que no corría, y con estas salidas a la pista de Bürgerpark-Nord espero recuperar el fondo que tenía hace año y pico.

Descubrí que me gustaba correr cuando empecé a hacerlo hace 7 años, cuando había adelgazado lo suficiente como para no caer fulminado por un infarto. Llevo demasiado tiempo sin hacerlo, y volver a correr, con regularidad, será uno de mis propósitos a la vuelta. Con volver a aguantar una hora sin problemas, ya estaría contento, así podría empezar directamente con el recorrido del Racó dels Frares, que una ida y una vuelta es casi una hora justa. Lo mejor de correr es que después de los 25-30 minutos, las piernas andan solas.

Nunca he corrido muy deprisa, me gusta más ir lentico. Ayer sí, me puse a competir con una pareja que daba vueltas en sentido contrario al mío (más bien era yo el que giraba al revés de todo el mundo), y aumenté el ritmo para cruzarme con ellos cada vez unos metros más allá, antes de que ellos alcanzaran el punto de nuestro penúltimo encuentro. Así aguanté como tres vueltas, hasta que la alarma del móvil me dijo que ya había llegado a los 25 propuestos. Entonces, un esprint para acabar la vuelta, una última a ritmo de paseo y un rato en los columpios para acabar de regocijarme.

Antes de la vuelta de ayer, a mediodía, acabé por fin el libro de Altman. Es la segunda vez que lo leo en año y poco, pero ahora por obligación, pues en un mes justo a partir de hoy, tengo que entregar una reseña del mismo. Todavía estoy empezando a vislumbrar cómo empezar a redactarla. Veremos mañana si escribo algunos párrafos.

Por la tarde me acabé de ver Il buono, il brutto, il cattivo, en una versión de tres horas que empecé el sábado por la noche. Estupenda película. Vaqueros sucios, solitarios, canallas, desconfiados, individualistas... y con excelente puntería. Lo mejor, Morricone y la llegada de Tuco al cementerio. Veloces trávellings (o panorámicas, más bien) que acaban convirtiéndose en barridos, con el fondo borroso y Tuco en foco, corriendo desesperado buscando la tumba con el dinero.

Esta mañana me he leído los primeros temas de Derecho de la Información y he llegado a la conclusión de que Derecho de la Información es un coñazo (ya me habían advertido), tanto o más como las tres asignaturas de empresas de la carrera, y que deberé hacerme esquemas para poder visualizar de qué va todo y dónde está cada cosa. Según con qué animos me pille.

“¿Hay vida después de la segunda temporada de Lost?” Es lo que me preguntaba cuando acabé de ver la serie el martes pasado (49 episodios en cuatro semanas y poco -o 47, según las cuentas). Lo que no hay por ahora y hasta octubre son episodios nuevos, pero vida sigue habiendo. En la última semana he vuelto a ver algunos episodios, ya sea en orden (las dos partes del piloto) o al azar (Numbers, 1x16), he consultado varias veces la línea temporal para ordenar los acontecimientos en mi cabeza, he visto fotos de Evangeline Lilly (¡nació el mismo día que yo un año antes! -y, casualidades de la vida, es mi tipo :P. Ya con esto me siento importante: qué simple que soy), y me he leído una y otra teoría sobre qué está pasando en la isla. Todavía no sabemos qué sucede, sólo que es muy gordo, pero ocurra lo que ocurra a partir de octubre, no me veré el prometido primer arco de seis capítulos hasta noviembre o diciembre, cuando ya estén todos toditos disponibles. Es lo que tiene acostumbrarse a este ritmo de consumo, que la periodicidad semanal televisiva nos sabe a poco. ¿Está cambiando Internet nuestros hábitos de consumo? ¿O están cambiando nuestros ámbitos de consumo a Internet? ¿O está cambiando el consumo nuestros hábitos de Internet? ¿O están cambiando nuestros nuevos hábitos de consumo los hábitos de Internet? ¿Está sucediendo todo esto? ¿O ya ha sucedido? ¿Son el Dr. Marvin Candle y el Dr. Mark Wickmund la misma persona? A todo esto sólo puedo decir: “Guys, where are we?” y...

“See you in another life!”

diumenge, de juny 18, 2006

POST DESESTRUCTURADO

Anoche al final me acosté sin escribir una sola palabra. Suele pasar, demasiado a menudo (siempre, digamos), que pienso “Mira, esto podría contarlo en el blog. Y esto, también”. Es entonces cuando, al volver a casa y sentarme delante del portátil, me conecto y entro al blog y veo que no se ha actualizado solo. Nadie ha escrito el post por mí. Ni siquiera se ha actualizado por haber pensado en un tema y en unas cuantas frases para empezar el texto. No, hay que sentarse y escribir. Y siempre me da mucha pereza.

El viernes de la semana pasada, por ejemplo, madrugué para ir a Dieburg para, junto a Anahita y Claudia, enseñar al profesor el estado de la animación en la que habíamos estado trabajando el fin de semana anterior. Las semanas, de verdad, me pasan volando últimamente. Al profesor le gustó mucho la pieza, y a mí también, que no había tenido ocasión de ver el montaje en el que ellas habían estado trabajando los días anteriores. Con un par de retoques, estará listo para la exposición que se inaugura en noviembre en el Historisches Museum am Strom Hildegard von Bingen, en Bingen am Rhein, sobre los 650 años desde la fundación de la localidad. Lo de “am Strom” viene por que el edificio del museo es una antigua planta eléctrica.

Ese mismo día 9 la escuela celebraba el Media Day, al que por supuesto no me quedé, pues no me interesa ninguna de las actividades que pueda organizar la universidad. Y si son de autobombo, menos. Tampoco se quedó ninguna de mis compañeras, que se quejaron de que hubiera dinero para ese día y no para una ceremonia de clausura de estudios, que se ha aplazado cuatro o cinco meses. También es cierto que ellos por su cuenta sí pueden montarse una cena, que es lo que hizo el viernes por la noche mi clase de Gandia. Ellos ya casi han acabado la carrera y yo todavía tengo que volver para hacer el último curso. En cierta forma, es lógico que tarde más que el resto, aun siendo mayor que ellos, pues por alguna razón siempre llego tarde a todo. De hecho, todavía estoy caminando para llegar a ser un ser humano normal. Esto venía a cuento, señora R.A.F.I., porque servidor es lento por naturaleza, y si me ha calado sólo leyéndome es porque la lentitud impregna todos mis actos hasta límites que ni yo mismo sospechaba. Ya me lo dice mi madre (“He visto gente lenta, pero como tú, ninguna”), así que irá siendo hora de reaccionar aunque sólo sea para demostrar que no tiene razón y, como buen hijo, llevarle la contraria.

Tras despedirnos del profesor y entre nosotros, me fui a dar un paseo por el pueblo, para ver qué cara enseñaba en un día veraniego. Hice algunas fotos, con las que estrenaré mi cuenta el Flickr tan pronto venza a la pereza y aprenda a reducir el tamaño de los archivos de imágenes. El Photoshop y yo NO somos amigos.

Al volver a Darmstadt hice algo que había estado queriendo hacer desde finales de abril, cuando descubrí el Waldfriedhof al mismo tiempo que Quico y Pau, que habían venido a visitarme. Es exactamente lo que indica su nombre “el cementerio en el bosque” (o “el patio de paz en el bosque”). Se construyó durante la primera guerra mundial y se ha convertido principalmente en lugar de reposo de soldados de las dos guerras mundiales (también rusos y franceses) y de sus familiares. Allí también están enterradas las más de 10000 víctimas del bombardeo aliado sobre Darmstadt, que tuvo lugar la noche del 11 al 12 de septiembre de 1944. Pues lo que hice fue sentarme unas horas en un banco a la sombra y acabarme de un tirón el relato de Chesterton Los árboles del orgullo.

He visto pocos cementerios: el de Gandia, el de Benirredrà, el de Benimassot, el de Las Eras de Alcalá, el abandonado de Beniarjó (creo); no se pueden comparar con éste porque pertenecen a otra forma de entender los camposantos, que clasifica a los muertos en paredes de armarios archivadores, incluso con la escalerita para acceder a los documentos más elevados. También suelen ser de tierra seca o de suelo de cemento, y con cipreses como única vegetación. El Waldfriedhof es literalmente un bosque preñado de lápidas. En el suelo, porque la gente de aquí se encuentra ancha hasta en la tumba. Un gran lugar, diseñado más para que los vivos acudan buscando tranquilidad que para los muertos.

A la vuelta empecé a escribir un post, pero al poco me fui al Schwitz-fit y lo dejé colgado. Además de ser viernes, ese día se inauguraba el mundial con partido de Alemania, a la misma hora que el ejercicio, y se notó más todavía la falta de afluencia. A mí el fútbol digamos que me la suda. Ni me gusta ni me deja de gustar: me la suda. A los alemanes, que han empezado ganando, parece que les afecta más y ponen banderitas en los coches y en los autobuses, se pintan la bandera en la mejilla, se pasean con la bandera por capa. Digamos que se sienten identificados. En el Kaufhof de Mainz llegué a ver una dependienta con falda que llevaba la banderita pintada en la pierna, para lucirla mejor.

Por la noche me acabé de ver Die Hard. Ésa es otra. Algún día tendré que encarrilar este blog porque va a la buena de dios pero sin plan divino, digamos. Anoche estaba pensando en qué podía escribir en este post, pero de tanto pensar no escribí nada. Por la tarde ya quería escribir algo (“Vamos, Jordi, acabas estos ejercicios de alemán y te pones, que llevas días igual”) pero sólo me quedaba el último cuento del libro de Chesterton, que eran cuarenta paginillas y me estaba llamando para que lo rematara. Eso hice, con los pies apoyados en el alféizar de la ventana, con la hoja abierta hasta la pared, mirando de vez en cuando los paseíllos que se daban algunas en el 8A.

Se me ocurrió que tal vez podría, como vengo queriendo hacer desde hace meses, analizar alguna secuencia de alguna película y aprovechar la excusa para empezar a incluir imágenes en el blog. Entre Die Hard, la semana pasada (es mejor cada vez que la veo), y hace pocas noches Scarface y Shrek 2, tenía donde elegir, pero como antes de eso tengo que aprender a hacer capturas de pantalla con el VLC, pues me estuve viendo un rato más de Lawrence of Arabia, que la veo con el WinDVD y ahí sí sé hacer capturas. Me puse desde la toma de Áqaba, cuando empieza la tercera hora de película, pero el ordenador, por lo que fuera, se puso tonto, la imagen empezó a ir a trompicones y murió. Lo dejé enfriarse un rato pasando las páginas de la segunda década (del 35 al 44) de viñetas del New Yorker, de un cacho volumen recopilatorio que compré hace dos meses en el Flohmarkt de Frankfurt, y que se convertirá, si consigue llegar sano y salvo a casa, en la joya de la corona de mi colección junto al ejemplar firmado, dedicado y con un dibujito de un ratón del Maus de Art Spiegelman. Querría leerlo antes de enviarlo a España en un paquete con el resto de libros, y es que tengo que enviar paquetes sí o sí para deshacerme de sobrepeso y sobrebultos, e ir aligerando para el viaje de vuelta.

Pues eso, que el análisis textual para otro día. Antes de ponerme con Lawrence, estuve hojeando un librillo que me regaló un testigo de Jehová chileno que me paró ayer a mediodía cerca de Schloss, ¿Qué enseña realmente la Biblia?, que consideré comentar por los detalles interesantes que contiene. Me paró porque tengo rasgos latinos, y siempre anda a la búsqueda de gente que hable español, su target. Si realmente tengo rasgos latinos, ¿por qué no se me acercan también mujeres? Tal vez me las hayan reservado para la otra vida, pero el caso es que sólo me hablan hombres. Pues estuvimos hablando sobre el aquí y sobre el allá y sobre por qué no creo y por qué él sí. Cierto es que jamás en mi vida he tenido más fe que la que deposito en el servicio postal o en la mañana siguiente, problema de enfoque en el adoctrinamiento de mi colegio de monjas, que trataban la religión como una asignatura más en vez de como una materia relevante en la que estuviera en juego la salvación de mi alma. Envidio de alguna manera a aquellos que sí tienen Fe, a la que pueden recurrir en los momentos de crisis personales, pero las religiones son causa de muerte y guerras más que de otra cosa, y tengo el convencimiento de que un ser todopoderoso sólo puede ser malvado, categoría en la que no entra su Dios. Así que de gobernarnos alguien sería Satanás, pero ni en eso estamos de acuerdo, pues el librillo dice, en su página 85, que “en 1914 Jehová hizo Rey a Cristo y el Reino Celestial de Dios comenzó a gobernar”, por lo que ahora nos hallaríamos en el “corto espacio de tiempo que le queda a Satanás” antes de ser vencido en la guerra de Armagedón, tras la cual empezaría el Día del Juicio, un día de 1000 años. Ya digo, un librillo muy educativo e inspirador. Estuvimos charlando a gusto y debí caerle bien, porque era el único librillo que llevaba en su carpeta, entre ejemplares de Atalaya y ¡Despertad!

Pues me estuve entreteniendo con eso. También me hubiera gustado escribir algo sobre Mainz, ciudad que visité el sábado pasado y que me encantó, pero regresé destrozado tras siete horas pateándome el centro de la ciudad y el río. Fui solo porque era el único del grupo que todavía no había visto Mainz, y esto me sirvió para dar las vueltas que me diera la gana y pasar tantas veces como me apeteciera por el mismo sitio. Hizo un día magnífico, con demasiado calor, para mi gusto, pero soportable gracias a la cantidad de minifaldas por metro cuadrado que se avistaban. Menos el jueves, que intentamos ir a la piscina y nos llovió, llevamos dos semanas de sol. Lo mejor de Mainz: el Rhein, su orilla y la ciudadela. Cuando ya pensaba que había visto todo lo que según mi guía había que ver en Mainz, me topé con la ciudadela de la ciudad, de las pocas que hay en Alemania. Me apasionan las fortificaciones. De hecho, en los paseos que doy con mis perros por Benirredrà, pienso en cuánto costaría tapar las entradas del pueblo para protegerlo de un ataque por tierra. Mi casa quedaría fuera del recinto protegido, o haría de muralla en cualquier caso. En la ciudadela, para rematar la sorpresa, estaba teniendo lugar un concierto a cargo de una banda de niños, con sus jóvenes padres como público y como preludio a una barbacoa al aire libre, con perro incluido.

Y eso, que me entran ganas de escribir cuando no estoy delante del ordenador, que el blog no se actualiza solo, que los días pasan volando, que esta calor no anima, que por alguna razón no encuentro tiempo para escribir un post diario y, en definitiva, que me encanta perder el tiempo, como ahora, que estoy retrasando el momento de limpiar el baño, que ya me toca y que tampoco me pondré con ello después, pues hemos quedado para intentar un segundo asalto a la piscina. También, como siempre, que prefiero leer a escribir, aunque debería practicar esto último más si quiero vivir algún día de algo, porque la verdad es que no sé hacer nada más en esta vida.

Acabaré este revuelto acordándome de Rubén, Pau, Eduardo, Floren, Nuria y Joan (el Ménor), que se acordaron de mí la noche del viernes y me llamaron durante la cena de gala de fin de carrera que celebraron en Gandia. Un golpe bajo, porque así me entran ganas de volver donde ellos, con nota triste, pues aunque vuelva ya no compartiremos el último curso, que ellos acaban.

dijous, de març 23, 2006

VAMOS A VER QUÉ SALE DE AQUÍ (2). KÖLN

14 de marzo de 2006, 9:30h. La Dom de Köln se erige fantasmal a la salida de la HBF. La envuelve una neblina que trastoca tiempo y lugar. Está ahí, pero no debería. Lo mismo nos sucede a Álex y a mí. Ella llegó ayer para una reunión / fiesta de los estudiantes que conoció el curso pasado en la KISD, y mañana coge un autobús hacia el aeropuerto de Frankfurt Hahn. Hoy aquí, ayer allí, mañana allá. Debe haber dormido lo mismo que yo y aquí está, para guiarme y compartir el día.

Nunca sale el Sol en Köln, me dice, pero hoy lo ha hecho, e ilumina las calles como hizo hace tres años justos con Londres, cuando visité la ciudad de Chesterton huyendo de las fallas. Que le encuentre a Köln una retirada con Londres no es una ilusión fruto de mis manías: Álex me confirma que Köln es la menos alemana de las ciudades alemanas, y su buena comunicación con la vecina Bonn convierte el entramado en una señora metrópolis.

El metro cuadrado que ocupábamos los dos allá donde íbamos, ya fuera desayunando, de tiendas, en el U-Bahn o comiendo con Jennie y Alan, una pareja de escoceses que también han vuelto para el reencuentro, era territorio de la EPSG. Álex ha servido de transmisora de noticias frescas traídas directamente de Gandia. Mi clase está liada con el proyecto (no les ponen las cosas fáciles, me dice, pues les rechazan muchas propuestas) y sobre todo con el abismo post-carrera. Esto es algo de lo que preocuparse, sin duda. Yo debería volver en septiembre con un par de asignaturas aprobadas y el proyecto pensado (con alternativas). Será ya mi último año y todavía no soy consciente del todo, pero el abismo está ya ahí, esperando. Eso si este país no me mata antes.

Álex desea que en el valle que sigue al abismo post-carrera se alce de nuevo una larga temporada en Köln, y su cerebro, en el poco tiempo libre que le queda, piensa en cómo conseguirlo. Como muchos erasmus (no todos), quiere volver. Es también mi intención ahora mismo, contagiado del presente, una vez acabe la carrera intentar vivir en Alemania. “Para eso necesitas mejorar tu alemán pero que mucho, amigo”. Tampoco debe ser justo al año siguiente, oye.

Ésta es la primera vez que Víctor, que regresó hace unas semanas a Brasil, no le espera, y Köln pierde parte de su sentido, al tiempo que le despierta recuerdos en cada esquina, o abandonando su mirada fuera del vagón del S-Bahn. Deseo que pueda vivir con Víctor algún día pronto, en Köln o en otra ciudad.

Cada año está más claro: al nacer fui maldito. Estoy destinado a conocer a mujeres estupendas enamoradas de otros, ya sean sus novios o no, pero ni una sola interesada en mí.

dimecres, de març 22, 2006

VAMOS A VER QUÉ SALE DE AQUÍ (1)

(Nota: este blog ha permanecido inactivo durante más de dos semanas debido a una concatenación de circunstancias incompatibles con el blog mismo –pero qué frase más tonta, dios. La caducidad del antivirus y los problemas de instalación de otros nuevos, el viaje de cuatro días a Berlín, la escapada de un día a Köln, la realización inacabable de unas piezas de animación de siluetas de cartulina para ilustrar la peste en Bingen en 1666, la desaparición de las ganas de hablar con nadie, y el viaje a Suecia de Phuong (eso me ha dicho la india del segundo), el vietnamita que me proporciona la señal de Internet y que ha estado unos días sin reactivar mi señal hasta hace un par de horas).

14 de marzo de 2006, 20:15h. Salgo de Köln. Me he despedido de Álex y acabo de cruzar el Rhein, rumbo a Wiesbaden, donde cambiaré a un RB que me dejará en Darmstadt HBF a las 22:20h. Viajo con un billete comprado hace 48 horas en la estación Friedrichstraße de Berlín (o en Hackescher Markt), donde todavía estaba a las 10 de la mañana de ayer. Y mañana a las 11 debo estar en casa de la familia Khosravi en Frankfurt am Main. Tres días, tres capitales de Alemania, que decía una que yo me sé. Entremedias, no sé cuándo tendré tiempo para pasar y colgar este post, o para ver Faces y otra vez Shadows, ambas de Cassavetes, y escribir sendos comentarios de 700 palabras para el cuaderno del cineclub de la EPSG que reparten Rubén y Pau cada lunes noche entre los –escasísimos o nulos– asistentes a las proyecciones de los ciclos de películas que preparamos con amor, aunque a veces éste sea el único amor en nuestras vidas.

Aparte: se me acaba de ocurrir que viajando en ICE la mesa sobre la que me apoyo puede partirme por la mitad en un accidente. Valoro la posibilidad de sentarme enfrente, pues dispongo de los cuatro asientos para mí, pero prefiero no tener ninguna esperanza. Tampoco la tengo en otras situaciones.

Ni sé tampoco cuándo empezaré a escribir un texto de 1400 palabras sobre la ciencia ficción, el siguiente ciclo, o el de 700 sobre The Day the Earth Stood Still, de Robert Wise. El no-sé-cuándo se opone a las fechas de entrega, que son anteriores al fin de semana para el primero de Cassavetes y durante las dos siguientes para los otros textos.

Mientras no encuentro momentos, logro disfrutar, a pesar de todo, de cuatro días y tres noches en compañía de Bea, Dani, Pablo y Rodrigo en Berlín; de la fugaz reaparición anoche de Irene, recién regresada, a la espera de otro(s) instante(s); y de un día entero con Álex en Köln.

Guapísima ella, no se ha dejado fotografiar argumentando que nunca sale bien. Lo que no deja de ser del todo incierto, porque una foto de Álex no es Álex, y verla y hablar con ella, que me cuente cosas de ella y de nuestra gente en Gandia, bien vale dormir sólo 4 horas tras volver de Berlín y levantarse a las 5:30h para poder pillar el bus que me lleve a Darmstadt; y de ahí, el RB que me deje en Frankfurt; y de ahí, el ICE para Köln, la ciudad que tanto ama y que me ha enseñado durante once horas.

divendres, de març 03, 2006

DE MUDANZA, O CÓMO LA BUROCRACIA DE LA FH ME ENSEÑÓ LO PUTEADOS QUE ESTAMOS EN DIEBURG Y EMPECÉ A DESEAR PONER UN COHETE EN MEDIO DE LA MENSA DE LA TU

Estoy hasta las pelotas de contárselo a todo el mundo, pero durante el último mes esta historia ha sido yo y yo –todavía- soy esta historia.

Pongámonos en antecedentes. Para quien no me haya visto nunca, es fácil reconocerme, pues un servidor tiene cara de tonto (a todo esto, la semana pasada cobré por fin lo de la peli, después de dos meses) y alma de personaje de slapstick. Lo que significa que no sé moverme en sociedad, todo se me cae de las manos, y que me ocurren, uno tras otro, hechos de lo más inverosímiles (prometo que lo del mercurio mezclado entre el azúcar de las golosinas es verdad; así como que se me cruzó una rata en el camino yendo a karate hace 13 años y que por eso llegué tarde, aunque todos se rieran de mí en el tatami. Lo de los monstruos bañándose en la bañera durante el apagón de la riuada del 87 dudo que fueran reales, ¡pero también los vi! ¡Y la carrera que pegué desde el baño hasta abrazar las piernas de mi madre también fue real!). Me sucede todo esto, digo, y ni siquiera me llevo a la chica en el último rollo.

Vivo desde septiembre en la Wohnheim de Dieburg, en el campus que en este mismo pueblo tiene la Fachhochschule Darmstadt (que desde este primero de mes ha pasado a llamarse Hochschule Darmstadt, vete a saber porqué), donde se encuentra, entre otras, la Fachbereich de Media, de la que dependen las titulaciones Media Production y Media System Design.

“¡Muy bien! ¡Qué chupiguay! ¡Vives al lado de clase! ¡No tienes que madrugar!”.

¡Eh! ¿Quién ha dicho eso? Tal vez en Gandia sea de puta madre vivir en la Universidad del Mal, enfrente de la cafetería, pero es que en Gandia HAY VIDA. No sé a qué cráneo previlegiado se le ocurriría convertir hace ahora seis años un centro de formación para los técnicos de la Deutsche Telekom que data de los años 70 en un campus de la FH, un lugar del que los alumnos huyen cuando acaban las clases cada día. Ahora ya llevamos un mes sin clases (la locura de las Semesterferien, o vacaciones entre semestres), y el campus está muerto, pero no creáis que hay mucho más movimiento los días lectivos.

Como aquí hay poco que hacer aparte de tocarse las pelotas (y por mucho que me guste, no aguanto todo un día), me traslado con frecuencia a Darmstadt, ciudad donde viven los amigos, que está comunicada con el mundo, y desde donde se gestan y parten todas las salidas que hacemos. Que no son muchas, la verdad, pero yo con estar con ellos ya estoy a gusto.

“¿Entonces de qué te quejas? Vives al lado de las clases, no tienes que madrugar, tienes alojamiento y compañía en Karlshof cuando quieres. ¡Si viajas más que nadie! Te quejas por vicio”.

Otra vez. No sé quién se está metiendo en este texto, pero no tiene ni zorra de lo que habla. Vivir en el campus tendría alguna ventaja, y remarco lo de tendría, si y sólo si, las asignaturas que diera me fueran a servir de algo. Y ni así. Es preferible vivir lejos pero vivir en la civilización a vivir al lado. Existe, además, un hecho comprobado, una relación entre los factores puntualidad y distancia al lugar de estudios, que indica que cuanto más cerca se vive, más tarde se llega. Me ha pasado. En la cama uno puede llegar a pensar que se encuentra tan cerca del aula que, si se concentrara un poco, podría llegar a atender la clase. Y claro, uno se concentra tanto que acaba por no levantarse. O aquello de: “Faltan 10 minutos, ya no llego. Ni siquiera vale la pena intentarlo. Me quedo en la cama y eso que gano. Total, no me voy a perder nada”. Es que es eso: no te pierdes nada si no asistes a estas clases. No sé cómo lo hacen pero es así. “Además, para lo que me va a servir. Si no me van a convalidar nada, ¿para qué?”.

Eso digo yo. Si no tiene ninguna ventaja vivir en Dieburg, ¿para qué seguir? La idea de mudarse había crecido en mi interior, y hace un mes justo fui a preguntar al Wohnraumverwaltung del Studentenwerkdarmstadt cómo estaba la cosa. “Oyes, que me quiero mudar”. Nadie lo oyó, aseguran, pero el alma se me cayó a los pies cuando Herr Lowery, el cabecilla de la oficina de alquiler, me dijo que yo, por mi cuenta, tenía que encontrar una habitación libre en Darmstadt, preguntando de puerta en puerta y, a la vez, colgar carteles para anunciar mi habitación de Dieburg y encontrar a alguien a quien traspasar mi contrato. Todo eso. A la vez. “Stupendo, mira. Ahora que estoy de vacaciones pues ya tengo algo que hacer. Que si no, ¿qué? ¿Tocarme las pelotas?”. Pues mira, no fue eso lo que pensé, y tocarse las pelotas no es mal plan, pero ya se encargan los del Studentenwerk de hacerlo por mí. Las mías, digo.

No empecé a colgar carteles enseguida porque existía la posibilidad de endosarle mi habitación a alguno de los erasmus que esté previsto lleguen este mes (sí, soy malo, ¿qué pasa?). Frau Bonin, de la oficina internacional de la FH, según fuentes fiables, había dicho que le iban a llegar 25 estudiantes de intercambio y que sólo disponía de 7 habitaciones para ellos, por lo que si yo me buscaba una habitación-no-erasmus y dejaba libre una habitación-erasmus, le estaba haciendo un favor. Bonin se quitó el muerto de encima nada más verme a la semana siguiente, y me dijo que de eso se encargaba Lowery.

Al día siguiente me hice con la lista de WGs que dejaban una habitación libre a partir del 1º de marzo, y de 27 que visité, me apunté en 15 listas. Los inquilinos de esas WG ya citarían a los solicitantes para entrevistarnos y ver si nos aceptaban como compañeros de piso o no. De esas 15, a algunos les bastaba con la entrevistilla del momento de escribir nuestros datos en la lista, pero poco a poco me fueron llamando hasta 4 para volver a la WG y hablar con ellos. Otras iban respondiendo negativamente: “Lo sentimos pero ya hemos encontrado a otro. Mucha suerte con la búsqueda”. Así unos cuantos.

Y mientras, colgando carteles por todo Karlshof, por la FH, por el campus de Dieburg, por la TU, por la Wohnheim, por la Mensa de la FH, en la parada de bus de Karlshof, en el Schloß, en las WGs de Nieder-Ramstädter-Straße (cerca del campus de Lichtwiese de la TU y de las pistas de deporte) y anunciándome en Internet. Todo para cuatro respuestas hasta el momento, ninguna de ellas positiva.

El jueves de la semana pasada, por fin, la última WG que visité “la tarde que Jordi demostró que cuando quiere aprovechar el tiempo, es capaz de hacerlo”, y la primera WG de la que recibí respuesta para que me hiciera casting, la WG donde viven aquellos con los que más me pareció conectar; esas tres WGs que son la misma, por si alguien se ha perdido, me envió un correo felicitándome porque yo era el agraciado con la habitación libre.

En serio que noté, mientras hablaba con ellos durante aquellos pocos minutos, todos de pie en la cocina / salón / salita / comedor, con el vaso de agua que me habían ofrecido en la mano, con Fabian, Pierre y Katharina, alemán, francés y alemana, respectivamente, presentándome, presentándose, presentándonos, todo en mi alemán chapucero pero útil en una conversación básica, siempre que no me quede en blanco y entonces no me salga ni una puñetera palabra en alemán, que también pasa (es una situación curiosa y frustrante); noté, digo, eso que llaman química. “Me puedo llevar muy bien con esta gente”, pensé.

No pasó lo mismo, y mira que lo intenté, con la WG que voy a llamar “WG de la francesa”. Si todas las veces que me han llamado para entrevistarme he sido el primero en llegar y he estado hablando yo solo con los del piso, con la WG de la francesa llegué un cuarto de hora tarde y ya habían tres competidores hablando con una francesa de intercambio y una china. Vestía mallas negras y jersey con mangas más largas que sus brazos, de forma que cubría parte de las manos, y estaba sentada con el pie derecho subido a la silla, la rodilla doblada en el pecho. El pelo, largo hasta cubrir las orejas, poco más. Encantadora. La estuve mirando a ver si la encandilaba y le transmitía el pensamiento de “dame la habitación, dame la habitación”, pero al final nada, se la dieron a uno de los dos chinos que habían llegado antes. Es normal, si no he encandilado a nadie en más de 25 años, no vamos a empezar a cambiar la historia ahora. Pero bueno, tal vez me asome de nuevo.

Hablaré de una última WG antes de pasar al tercer acto de la historia. En mi primera semana de entrevistas, el viernes 17, visité una con la cocina más sucia y con más vajilla acumulada que ríete tú del cajón que tenemos en Dieburg debajo del fregadero, que tendrá mierda de meses. Me habían citado a las 20h, y a esa hora sólo había uno del piso, que se disculpó por no saber dónde se encontraba el resto de sus compañeros. Como él solo no me podía entrevistar, volví al día siguiente a la misma hora. “Sólo por hacerme esto. Sólo por esto”, pensé, “ya deberían darme la habitación”. El sábado ya eran dos y estuve hablando como media hora con ellos (en inglés ya, que mi cerebro no da para más), muy a gusto pero sin llegar a conectar del todo. Dijeron, atención (aunque la verdad no suponía mucha sorpresa después de ver la cocina), que no tenían calendario de limpieza, como acostumbra a organizarse la gran mayoría de estudiantes que comparten piso en todo el mundo. NO había calendario de limpieza. El chico que estaba el viernes me habló de épocas de caos y orden, que se suceden la una a la otra en un eterno devenir en la WG, que a veces estaba limpia y otras, como ahora, se hallaba sumida en una era regida por el caos. Al chico a veces le daban espasmos raros en la cara.

La semana pasada me respondieron que ya tenían a alguien, y este miércoles me han vuelto a escribir diciendo que si todavía no tengo habitación, que puedo ir con ellos. A buenas horas. Algo raro pasa en esa WG.

Pues bien, una vez los de la WG me han aceptado, paso de nuevo por el Wohnraumverwaltung, pillo el Antrag auf Selbstbelegung, y se los llevo para que me lo firmen. Con este papel me aceptan libremente como nuevo compañero de piso, por lo que la habitación queda ya ocupada a ojos del mundo.

No basta con firmarlo, claro, hay que entregarlo. Paso importante. El último día válido para entregar el papel es el 25 del mes anterior al que se ocupa la habitación. Yo lo recojo el 24, viernes, y la chica que ha estado sustituyendo a Lowery durante sus dos semanas de vacaciones me dice que como el 25 es sábado, también se puede entregar el lunes. Fabian me asegura que otras veces lo han entregado apurando aún más el mes y que no ha pasado nada. También me promete que lo entregarán ellos.

Lunes por la mañana. Tras hora y cuarto de espera en el pasillo del Studentenwerk, dan las 12 y Lowery acaba su turno de atención al público. Por haber esperado, sin embargo, el hombre se estira un poco, todavía generoso en su primer día de trabajo tras las vacaciones, y nos da número para las 13h, después del descanso de la comida. Me toca el tercero. Le recuerdo quién soy y lo que quiero. “Oyes, que yo quería irme del pueblo y me dijiste que tenía que hacer esto y esto otro. Que tengo la mitad, he encontrado un piso. ¿Qué solución hay?”. “What should I do?”, responde unas cuantas veces.

Recuerdo las extrañas condiciones a las que estamos sometidos por vivir en Dieburg. Todo aquel que quiera mudarse antes de que queden 4 semanas para que finalice su contrato de alquiler, debe buscar y encontrar por sus propios medios un siguiente arrendatario a quien traspasarle el contrato. Los de Karlshof pueden pagar 50 euros y mudarse. Nosotros no. Tenemos que proporcionar el llamado Nachmieter. A eso se le llama putada, porque te condiciona a buscarlo en los meses de febrero y marzo, que es cuando vienen nuevos estudiantes que necesitan habitación. Pero claro, si unos vienen, otros se van y dejan habitaciones disponibles. Habitaciones que pillarán antes de venirse al pueblo, donde no quiere venir nadie.

Pues voy y le digo a Lowery que me han aceptado en una WG, ¿no?, y le digo cuál es y él rebusca entre los papelajos de su escritorio. Y va y me dice que no tiene por ningún lado el Antrag auf Selbstbelegung de mi WG que prueba que he encontrado habitación. Pues qué bien. Pues estupendo, oye. Pues va a ser que esta gente tan maja no ha pasado por aquí y se ha olvidado de mí. Porque -y esto es lo que me dice Lowery- si él no tiene el Antrag auf Selbstbelegung de los cojones, firmado por los de la WG y con mi nombre, demostrando que me han elegido para vivir con ellos, pues para el Studentenwerk sigue disponible y pueden meter en la habitación que me tocaba a quien les dé la gana. Pues qué bien. Pues estupendo, oye. Al hombre, aunque no lo parezca, se le ve voluntad de ayudar, y me dice de volver al día siguiente con el papel y entonces, tal vez, pueda hacer algo por mí.

Por la noche llamo dos veces a la WG y no me cogen el teléfono. Mando dos correos a la chica y no responde. La cosa mejoraba por momentos. A la mañana siguiente madrugo y pasadas las 9:30h me planto en la WG. Sólo está el chico que se va y me dejará la habitación. Me deja pasar. Veo el papel encima de la mesa, firmado por los otros dos chicos pero no por la chica, quien se ha ido unos días fuera, muy oportunamente. Es eso o nada. Debe bastar. Lo cojo y lo acabo de rellenar con mi nombre (tal que un cheque en blanco) y el número de la WG y de la habitación. Y me las piro al Studentenwerk, bajo la nieve.

Con el papel, Lowery me dice que la única solución es pagar el alquiler de marzo de esa habitación (además del que ya pago en Dieburg) para reservarla hasta que en abril alguien ocupe la mía, ya sea por haber encontrado yo a alguien, ya porque me coloque a alguien él. Para este mes no ha podido hacerlo porque ocurre lo contrario de lo que dijo Bonin: la FH recibe 15 estudiantes, todos colocados en Karlshof, y debido al éxodo que ha sufrido Dieburg tras la marcha de los irlandeses, le salen habitaciones por las orejas y no necesita la mía para nada. Abril, dice, es otro cantar; entonces, seguro. Le tomo la palabra, pero yo sigo buscando.

Así que el martes por la noche vuelvo a la WG para informarles de cómo está el percal, y de que puedo pagar la habitación pero no ir todavía a vivir con ellos, y que no tendré contrato ni llave de habitación hasta que no traspase el antiguo a alguien. Cuando la pago el miércoles, pregunto a Lowery y resuelvo un come-come que me estaba dando vueltas. Si mi habitación en Dieburg no es erasmus, si en Dieburg no hay habitaciones erasmus, si todo el mundo paga lo mismo, cosa que no sucede en Karlshof, donde los erasmus viven en habitaciones erasmus y pagan más que sus compañeros de WG, ¿tenemos nosotros erasmus en Dieburg derecho a un mes gratis por cada cinco, como sucede con los erasmus de Karlshof, que pagan más cada mes precisamente por estar pagando el sexto mes poco a poco y por adelantado? Nop.

Es lo que quería saber. El alquiler de la habitación en Karlshof no llega a los 180 euros, que sumándole la luz, el teléfono, Internet y lavadoras no llegará a los 210. Los erasmus pagan alrededor de 230 por aquello del sexto mes. En Dieburg venimos a pagar esto pero sin Internet ni mes. Porque Internet, esa es otra historia, si en Karlshof viene a través de hermosos conectores en la pared, los estudiantes de Dieburg se la han tenido que contratar por su cuenta. No nos viene de fábrica. Así cada mes nos sale por la bonita cifra de 240 euros. Total: no sólo pagamos más por nada, sino que estamos puteados y lejos de la civilización, y además ser erasmus no nos beneficia en absoluto. Desde luego somos los primeros de Comunicación que caen en el agujero de Dieburg, pero sin duda seremos los últimos.

El mes. Ese mes. La desigualdad en el trato es lo que más me jode. ¿Dónde van mis 30 euros que pago de más?

Como al final mis gastos habrán sido los mismos, me consuela pensar que a finales de mes ya no estaré viviendo aquí. Tampoco estaré viviendo, por cierto, en la WG de Captain Librarian, que resultó ser la primera en la que albergué esperanzas y de la que no he recibido ninguna respuesta. Lo que significa que si han colocado a alguien, lo han hecho a mis espaldas, a pesar de que me conocían. Y les voy a volver a ver. Me sé, por tanto, de alguien que va a recibir sobres de carbunco. Tranquila, Librarian, no son para ti, pero por si acaso deja que otro compruebe el buzón.

PD: parece que la voz esa se ha callado en cuanto ha visto toda la mierda de la vida en Dieburg.

dimarts, de febrer 14, 2006

AVATAR

Son tiempos de cambio. Febrero, tierra de nadie entre semestres, está siendo testigo de numerosos movimientos. Para los estudiantes de la Fachhochschule Darmstadt y la Technische Universität Darmstadt es tiempo de abandonar sus habitaciones, ya sea por última vez o para buscar otro techo.

Y en esas estamos. No es que no me guste Dieburg, entendámonos, aquí se está muy bien, pero se estaría mucho mejor si la civilización se encontrara alrededor y no a 45’ de distancia. Lo de mudarme no lo hago por mi bienestar personal ni mejora de las relaciones humanas, que conste; lo hago por aquellos o aquellas que tengan a bien visitarme algún día (aunque se reduzca a la persona de mi hermano, como veo venir), para que se ahorren los 3’35 euros que cuesta un viaje sencillo en tren de Dieburg hasta la civilización (ida y vuelta: 7’70: ¡más caro que el Gandia-València y la cuarta parte de su recorrido!; es para cagarse). También está el bus, más barato, pero las cerca de mil pesetas diarias no se las quitaría nadie para moverse también por Darmstadt. Y que no me da la gana que se gasten ese dinero. Por eso, por ellos, por mi hermano, la semana pasada empecé a buscar habitación libre en Karlshof (quién me iba a decir a mí que un día desearía volver al sitio del que me fui).

No es tan fácil irse. Cuando hace dos semanas pasé por el Wohnraumverwaltung del Studentenwerk de Darmstadt para decirles: “Oyes, que me quiero ir del pueblo”, me respondieron: “Pos mu bien. Pero que sepas que tú firmaste un contrato hasta septiembre y que tu habitación no puede quedar vacía. Así que ya me estás buscando a otro tonto que acepte vivir en Dieburg. O si nos, no hay trato que valga”.

Se me cayó el mundo encima. No me iban a ayudar. Yo, por mi cuenta, tenía que encontrar habitación libre en Karlshof al tiempo que encontraba a alguien para instalarse en mi habitación de la Wohnheim de Dieburg. Mi futuro se hallaba (y se halla todavía) ligado a dos variables independientes, según corrobora El Atún.

Tras el pánico (“¡Dios! ¡Si yo nunca he buscado piso!”) y la aceptación (“Todo sea por salir del pueblo”. El pueblo, todo sea dicho, es un estado mental, y un análisis del mismo daría para otro post, que no tiene porqué ser mío aunque mi persona fuera objeto de la investigación en el apartado de “típico comportamiento del pueblerino ante unas escaleras mecánicas en funcionamiento”), la ACCIÓN.

La acción se estrenó la semana pasada cuando llamé a la puerta de aquellas WG (recuerdo: Wohngemeinschaft, vivienda compartida) con habitaciones libres y me inscribí en trece listas de solicitantes. Hoy (bueno, ayer, ya sabéis de mis ciclos de sueño) he recibido un correo y una llamada de teléfono para asistir el miércoles por la noche a sendas reuniones de “presentarse uno mismo a los ocupantes actuales”; esto es, lo que conocemos como “casting”. Antes, mañana (bueno, hoy), tengo que volver por el Wohnraumverwaltung y preguntar si pueden haber dos erasmus en una misma WG, porque sería lo único que se interpondría en la posibilidad de ser acogido bajo el mismo techo que Captain Librarian, a.k.a “La Persuasora” o “La Maestra de Protocolo”.

Todo esto es, sin embargo, sólo la mitad del plan. El sábado por la noche la Imprenta Pablo publicó seis carteles que colgamos por Karlshof y que anuncian mi habitación. A los que hoy (ayer) se les han unido como treinta más distribuidos por tablones de la TU, la FH de Dieburg y Darmstadt, la misma Wohnheim de Dieburg y Karlshof de nuevo. La campaña “Endosarle la habitación a quien sea” ha empezado. Y mañana (hoy), más.

Colgando carteles me he dado cuenta de que no soy el único que pretende irse de Dieburg. Sabía que los irlandeses se van a Berlín con Cartxo (Carlos todavía no lo tiene claro; ellos son los otros dos de Comunicación de Gandia) y sencillamente han cancelado el contrato, pero mi vecino, Yan (me siento un gigante a su lado), y los macedonios del piso de abajo, también están buscando alguien que ocupe su habitación para mudarse ellos. Yan, según noticia de última hora, ha encontrado otro chino.

No sé si los cálculos de Wolfgang incluyen a Steffi, que ha dejado esta tarde la residencia para volver a casa unos días antes de volar el domingo a València y estar unos meses de erasmus en Gandia, pero me ha dicho que ocho personas del piso quieren abandonarlo. Es un éxodo. Es el fin de la comunidad. Dieburg se desmorona. Es normal, nadie friega, ¿qué quieren?

dimarts, de febrer 07, 2006

COSAS QUE ECHABA DE MENOS

Entre la vida social y los trabajos, llevo unos días parando por casa sólo para dormir y a veces ni eso. Por tanto, hoy toca popurrí antes de que vuelva a salir a la calle, no regrese y caduquen los textos.

1. LOS AUTOBUSES

Algún día aprenderé a leer bien e interpretar las notas al pie en un horario de autobuses.
Cojamos el siguiente ejemplo. Horario de los autobuses de Luisenplatz (Darmstadt) a Dieburg una noche de fin de semana:

0:22h (D2), 672, Dieburg Bahnhof.
0:47h, 5507, Aschaffenburg.
1:17h (D2), 5507, Aschaffenburg.
1:22h (D2),
672, Dieburg Bahnhof.
2:22h,
672, Dieburg Bahnhof.

¿Qué es eso de D2? Bajo la vista y leo, en la parte de Zeichenerklärung:

D2: Verkehrt nur am 26.02 und 30.04.2006.

Parece que quiere decir que sólo circula dos días al año. Pienso para mí que un autobús que sólo circula dos días al año es una gilipollez que no tiene derecho a la vida y me decido por esperar.

Por de pronto, el de las 0:22, que era que el quería coger, no pasa.

Veo venir y dejo irse el 5507, que va a Aschaffenburg pero pasa por Dieburg Bahnhof. Era un autobús que no había visto nunca y al que no subía nadie. Como, por muy aislado que esté el pueblo, no concibo que nadie suba al bus para volver a Dieburg, porque siempre hay gente esperando, yo tampoco subo. Me quedo con el come-come, eso sí.

Pasan las horas y se confirma:

a) el que hace los horarios de la RMV está como una puta chota.

b) además, no usa ninguno de los medios de transporte de la RMV.

c) la nota al pie D2 es una gilipollez que no tiene derecho a la vida.

El resultado: catarro. Porque resulta, que aunque sea a las 3 y media de la noche, y localizada en Dieburg, en el trayecto desde la parada del bus hasta la puerta de la Wohnheim, en Alemania también hay humedad. Y se ve.


2. CHESTERTON

«Entonces comprendí el significado del humo. El humo era como la ciudad moderna que lo produce. No siempre es opaco y feo, pero invariablemente es malvado y vano.

«La Inglaterra moderna era como una nube de humo. Podía desplegar todos los colores, pero no podía dejar nada más que suciedad. Era nuestra debilidad y no nuestra fortaleza la que ponía aquella variada basura en el cielo. Eran los ríos de nuestra vanidad vertiéndose en el vacío. Habíamos cogido el círculo sagrado del remolino del viento, lo habíamos menospreciado y lo veíamos como el remolino de una charca. Y luego lo habíamos utilizado como un fregadero. Era un buen símbolo de la rebelión de mi propia mente. Sólo nuestras peores cosas iban al cielo. Sólo nuestros delincuentes podían ascender aún como ángeles».

-Gilbert Keith Chesterton, El hombre vivo (1912)

(¡Lo he acabado hoy!)


3. MOVERME

Tras meses de sedentarismo erasmusiano, en enero me traje mis deportivas de correr porque había pensado que ya era hora de volver a hacerlo. Siempre me ha gustado, desde que empecé hace más de seis años, cuando perdí los suficientes kilos como para poder correr sin sufrir demasiado. Sin embargo, con tanta nieve, sin ganas de madrugar, y sin horas de luz por las tardes, no encontraba el momento. Tendrían que obligarme a hacer ejercicio.

Así, arrastrado por el mono de actividad física y fácilmente convencido por Bea, me uní la tarde del jueves a la práctica del schwitz-fit en el Spielhalle de Böllenfalltor, en el campus de Lichtwiese de la TU (al menos creo que es ahí donde me llevaron).

Centenares de personas, capaces por un momento de hacerme retroceder y de dirigirme hacia la puerta (para salir corriendo de allí), se encontraban ya en movimiento cuando llegamos.

La monitora, guía de nuestros cuerpos durante casi una hora y epicentro de la masa, estaba oculta la mayor parte del tiempo a la vista de cualquiera, como nosotros, que sudara en las últimas filas. La mujer daba las instrucciones en alemán, lo que me obligaba a estar con la cabeza siempre levantada y buscándola con la mirada, no para orientar mis orejas y escucharla mejor (ni esforzándose la comprendía uno), sino para ver qué hacía, si no ella, el resto de gente.

Para poder seguir los ejercicios, utilicé la técnica de “imita al que tienes delante”, así que si la chica de delante de mí levantaba la pierna izquierda, fracciones de segundo después yo hacía lo mismo. Y estaba pendiente de no descuadrarme demasiado con ella porque a la mínima que se encontrara en una fase del ejercicio diferente de la mía, me mareaba y perdía el control de mis extremidades. Mi mente no da para más.

Lo peor es que cada vez que le cogía el truco a la coordinación de uno de esos ejercicios combinados (que si levanta recta la pierna derecha y tócate la rodilla con la mano, pasito a la izquierda, nosequé con los brazos, lo mismo con la pierna izquierda,...) cambiaban a otro nuevo que tenía que copiar. Así no me dejaré de sentirme (y ser) un patoso en la vida.

Una última cosa. En contra de lo que pueda parecer, de verdad que fui a hacer ejercicio. En el mundo (y en un pabellón deportivo) hay lo que hay, y uno todavía tiene ojos. Y como se dio el caso que tenía la cabeza siempre al frente, ya estuviera de pie, arrodillado o acostado en el suelo recordando que tengo abdominales (y que me duelen), en mi campo de visión se cruzaron unos culos que sólo pueden calificarse de perfectos. Así, sin más.

Y el jueves, vuelvo.

dimarts, de novembre 29, 2005

Crónica del 18-septiembre-2005; TODO IBA DE MARAVILLA...

Son 3. Son chicas. ¡Son S.H.E! Y anoche cantaron y bailaron sobre un escenario en el parque del castillo de Dieburg, ante un público que les dedicaba aplausos y seguía con el balanceo de su cuerpo el ritmo de las canciones, un repertorio de rock y pop en inglés de las últimas décadas. Que recuerde: Bitch (ésa del año 97 -creo- en cuyo videoclip la cantante, una mujer de más de 30 años, tocaba la guitarra de pie sobre la cama y se subía por las paredes), I Will Survive e Inside Out. Antes del descanso se despidieron con Time After Time, de Cyndi Lauper.
Eran las 8 de la noche de un sábado, señoras y señores, y el pueblo se reunía para comer, beber y divertirse, tras haber asistido a la carrera de motos antiguas alrededor de Dieburg y a la posterior exposición de esas motos junto con otros vehículos de más de 50 años en la plaza del mercado. Era pronto para retirarse, pero ya era hora. Aquí, cuando se va el Sol, rasca; y si no te mueves para entrar en calor puedes quedarte quieto para siempre.
Volviendo hacia la residencia por las calles del pueblo, imaginaba que de cualquier esquina podía aparecer un obeso Peter Lorre silbando o un Max Schrenk ansioso por brindar con mi sangre. No pasó nada (lástima, pensará alguno) y regresé sano y salvo a mi habitación en las afueras de Dieburg. No siempre ha sido así. De las nueve noches que llevo dormidas en este país, las cuatro primeras fueron en una WG de Karlshof, en una habitación cuya ventana (que además no cerraba) daba a un balcón / pasillo desde donde podía ser observado a voluntad. Vivía, pues, en un escaparate, con una cortina que cubría poco más de la mitad de la superficie de la ventana. Suerte que el fin de semana pasado hizo buen tiempo (bueno, sí, llovió: pero no hizo frío), que si llego a seguir todavía con aquella ventana cojo mis cosas y me mudo al horno (lástima, eléctrico).
Karlshof consiste en unos bloques de viviendas compartidas (WG) para estudiantes en Darmstadt, construidos con muros de hormigón siguiendo los ¿planos? ¿planes? de un doctor diabólico traumatizado con los rompecabezas de dos piezas de su infancia y el cubo de Rubik. Y amante de las escaleras: para llegar a mi quinto piso tenía que subir doce tramos de ocho escalones (eso hacen 96). Había ascensor, pero a un servidor le gusta ejercitar las piernas (y contar escalones). Y sólo el ascensor tenía un aspecto más post-apocalíptico que toda la facultad de BBAA de Valencia. Imaginaos el resto: paredes grafiteadas, colchones tirados, charcos de cerveza...
Después de lo visto, una cosa es cierta: la fiesta y el ambiente universitarios están en Karlshof. La primera noche me llevaron a la fiesta del pasillo del cuarto piso del bloque 8. Teniendo en cuenta que horas antes me había dejado olvidada la mochila en el autobús que me había traído de Frankfurt a Darmstadt, mochila que contenía dos sandwiches que iban a ser mi cena, una botella de agua, el neceser, la cámara de fotos, las gafas de Sol, mi estuche, la novela que había empezado en el avión... ¡EL NECESER! ¡Y MI USB (mi vida) QUE IBA DENTRO DEL ESTUCHE! Teniendo en cuenta, digo, que me había quedado sin sandwiches (y me había quedado sin ellos para siempre, pues no los encontré cuando recuperé la mochila a la mañana siguiente -ay, mi neceser y mi querido USB) aquella noche cené medio litro de cerveza. Una cerveza por suerte tan mala que casi no se me subió a la cabeza.
Mis días en Karlshof los viví como un judío al que acabaran de traer al gueto. No podía deshacer las maletas porque desde el principio mi estancia iba a ser provisional (dos o tres noches), y no podía comprar más comida que la necesaria para el día y para el desayuno de la mañana siguiente. El primer fin de semana me quedaba en el cuarto, leyendo, o salía a pasear / perderme por Darmstadt. Es comprensible: los compañeros de piso ya tienen su vida montada: la turca y la china con las que compartí cocina llevan cuatro años viviendo en Karlshof.
Aquellos primeros días me levantaba a las 9 y pensaba, iluso de mí, que en fin de semana era yo quien más madrugaba del piso. Pero no: este país tiene un horario al que te adaptas o te adaptan, sí o sí. Sigue un ritmo de vida que yo llamo “horario de vieja”, en recuerdo de las hermanas de mi Abuela en el pueblo de la Mancha; u “horario de camionero” (va por Marc). Aquí hay que estar de pie antes de las 7, comer a las 12:30h (a partir de las 13 empiezan a chapar el comedor), estar cenado a las 20h y llevar un rato acostado antes de la medianoche. Y hay sueño, os lo aseguro. ¡Ah! Y si quieres comprar algo, que sea más pronto de las 18:30h. Después sólo queda algún supermercado. En Darmstadt he coincidido con otros españoles: tres de nuestra EPSG, cuatro de Granada y uno de Zaragoza, quienes no hemos tenido más remedio que adelantar nuestro reloj interno unas dos horas.
También estamos teniendo que adaptarnos -por fuerza; si bien a ninguno nos han encañonado para venir a Alemania- al idioma. No todo el mundo habla o al menos entiende el inglés (el primer mito que cayó: aquí las películas se doblan), y las clases que nos imparten de alemán se convierten en vitales. Aunque sólo sea para saber preguntar: Entschuldigen Sie. Sprechen Sie Englisch?
Caminando cada día nos cruzamos con carteles llenos de palabras de doce letras con exclamaciones al final. Nos los quedamos mirando y pensamos: “No sé lo que quiere decir, pero voy a hacerle caso como sea”.

Será que soy un pueblerino, pero a mí la civilización, qué queréis que os diga, me ciega. Después de vivir más de 25 años en un país bárbaro que se caga en el peatón, en la cultura y en el medio ambiente, y se limpia el culo con los detalles (porque la civilización se encuentra en los pequeños detalles), el venir aquí le reconforta a uno. No está a la altura de Londres (nada está a la altura de Londres) pero es civilización, sin duda.
La civilización pide sumergirse en ella, admirarla desde todos sus costados, exteriores e interiores, y si no lo hace uno por su propio pie, ya se encarga ella de publicar guías de transporte de difícil interpretación (desencriptación). La civilización clama por ser explorada, por que experimentemos el sentido de la épica diaria.
Así, y de ninguna otra manera, es posible que el autobús 672, que según la puta guía va de Darmstadt a Dieburg (que es donde resulta que vive un servidor), le deje a uno tirado en Roßdorf, un pueblo a medio camino, en el que, por sentido de la épica y de la aventura, tuve que esperar casi una hora hasta el siguiente autobús.
Así, y de ninguna otra manera, es posible que uno suba en un tren que va en sentido contrario a Dieburg y se baje en la primera parada, Weiterstadt, una estación de bloques de piedra en la que no desentonaría ver pasar un tren rumbo a Auschwitz-Birkenau. Pero la épica se quedaría en anécdota sin los benditos detalles:
-ver atardecer (precioso, tras un horizonte sin montañas).
-ver anochecer (no tan precioso, porque el frío rasca y la cama y el techo siguen lejos).
-la estación solitaria.
-el graznido de los cuervos desde el bosque.
-y, sobre todo, una hora límite: hay que volver a Darmstadt antes de que salga el último tren hacia Dieburg -y no equivocarse de nuevo.
Así, y de ninguna otra manera, es posible echar a correr en un sentido cuando el destino que quieres alcanzar se encuentra a tus espaldas (y cada vez más lejos). Esto lo posibilita, ya digo, el sentido de la épica diaria con el que han sido trazadas las calles. Porque, ¿qué es la vida sino perderse y hallar el buen sendero? ¿Acaso no reconforta más andar por el buen camino después de haber estado vagando?
La ciudad no es el único lugar donde perderse, también está el bosque, más clásico. Aquí tienen incluso un verbo para vagar por la naturaleza: wandern. Eso mismo estaba haciendo la tarde siguiente a la actuación de S.H.E cuando di con un puto estanque en medio del bosque, un puto estanque con reflejos dorados. Demasiado para los ojos. Demasiado como para fotografiarlo y convertirlo en una injusta ristra de ceros y unos.
Hallábame wanderneando cuando, de entre los matorrales al borde del estanque, asomó el cuerpo de un hombre que arrastraba como podía un enorme saco que había sido blanco, ahora sucio de barro. (¿Me ha visto? No, pero me aparto). Lo suelta, se incorpora, se lleva las manos a las lumbares. A patadas, empuja el saco unos centímetros más y lo deja caer pendiente abajo, al agua. Ondas. Silencio. Burbujas. ¿Burbujas? Muchas. Ondas de nuevo y un poderoso antebrazo del color del musgo asoma de las aguas, unido a un tronco y una cabeza. En sus dientes hebras blancas. Y rojas. (¿Me ha visto? Me ha olido. Es más rápido buceando que yo desenganchando mi jersey de una rama. Me agarra el tobillo).
...

¿Será éste el fin de nuestro héroe, devorado por la Criatura de la Ciénaga de Dieburg?
¿Será el fin de esta pestilente narración?
¿O será, por el contrario, el principio de una nueva era de prosperidad, regida por la Criatura de la Ciénaga de Dieburg, verdadero paladín de la libertad y azote de embusteros tales como el autoproclamado “héroe” de esta crónica?

Próximamente, la continuación (¡¡más no, por favor!!) de este apasionante relato seriado.

PD: pero lo mejor, sin lugar a dudas, de la civilización, es no encontrar a nadie tarareando ¿Quién es ese hombre? (va per tu, A.).

dilluns, de novembre 28, 2005

Esto empieza a rodar

¿En qué consiste esto? Pues nada, que hace casi tres meses que llegué a Alemania y me propuse unos ejercicios de escritura. Crónicas, las llamo.
Con unas condiciones informáticas bajo mínimos, empecé a escribirlas a mano para después utilizar mi cuenta de correo como procesador de textos. De vez en cuando me lo enviaba para que se guardara (sé que los terroristas se comunican guardando los textos en algo que se llama borrador, pero nunca me he parado a buscar esa opción) y seguir trabajando. Acabadas, las enviaba a mi gente en unos preciosos spam. No contaba ni con la letra ñ, ni con exclamaciones (¡) ni interrogantes (¿) de inicio de frase. Tampoco ahora, debido a estos endiablados teclados alemanes: lo que hago es copiar esos caracteres de otros documentos que tengo en mi USB (mi vida).
Aquí, rodeado de seres tecnológicos, el ambiente me ha obligado a subirme al carro de los blogs (la verdad, este mundo es tan triste que a cualquiera le permiten tener uno, hasta a mí), y la semana pasada me entró el pronto y creé uno. Éste.
Poco a poco iré corrigiendo lo ya escrito y colgándolo aquí, para dejar de saturar los correos de la gente que quiero y no obligarlos a leerme. Que entren a esta dirección libremente y por su propia voluntad.
Y eso, que esto empieza a rodar.

PD: gracias a Chico Polilla, cuyo post sobre Tato me hizo crearme una cuenta en blogger para comentarlo, y quien me ha enseñado a lidiar con el html.

dijous, de novembre 24, 2005

Entrando

Vosotros lo habéis querido. Casi me habéis obligado a hacerlo. Está bien, está bien. Ahora es tarde para arrepentirse. Tengo un blog. Está cargado.

PD: espero recordar la contraseña.