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divendres, de març 03, 2006

DE MUDANZA, O CÓMO LA BUROCRACIA DE LA FH ME ENSEÑÓ LO PUTEADOS QUE ESTAMOS EN DIEBURG Y EMPECÉ A DESEAR PONER UN COHETE EN MEDIO DE LA MENSA DE LA TU

Estoy hasta las pelotas de contárselo a todo el mundo, pero durante el último mes esta historia ha sido yo y yo –todavía- soy esta historia.

Pongámonos en antecedentes. Para quien no me haya visto nunca, es fácil reconocerme, pues un servidor tiene cara de tonto (a todo esto, la semana pasada cobré por fin lo de la peli, después de dos meses) y alma de personaje de slapstick. Lo que significa que no sé moverme en sociedad, todo se me cae de las manos, y que me ocurren, uno tras otro, hechos de lo más inverosímiles (prometo que lo del mercurio mezclado entre el azúcar de las golosinas es verdad; así como que se me cruzó una rata en el camino yendo a karate hace 13 años y que por eso llegué tarde, aunque todos se rieran de mí en el tatami. Lo de los monstruos bañándose en la bañera durante el apagón de la riuada del 87 dudo que fueran reales, ¡pero también los vi! ¡Y la carrera que pegué desde el baño hasta abrazar las piernas de mi madre también fue real!). Me sucede todo esto, digo, y ni siquiera me llevo a la chica en el último rollo.

Vivo desde septiembre en la Wohnheim de Dieburg, en el campus que en este mismo pueblo tiene la Fachhochschule Darmstadt (que desde este primero de mes ha pasado a llamarse Hochschule Darmstadt, vete a saber porqué), donde se encuentra, entre otras, la Fachbereich de Media, de la que dependen las titulaciones Media Production y Media System Design.

“¡Muy bien! ¡Qué chupiguay! ¡Vives al lado de clase! ¡No tienes que madrugar!”.

¡Eh! ¿Quién ha dicho eso? Tal vez en Gandia sea de puta madre vivir en la Universidad del Mal, enfrente de la cafetería, pero es que en Gandia HAY VIDA. No sé a qué cráneo previlegiado se le ocurriría convertir hace ahora seis años un centro de formación para los técnicos de la Deutsche Telekom que data de los años 70 en un campus de la FH, un lugar del que los alumnos huyen cuando acaban las clases cada día. Ahora ya llevamos un mes sin clases (la locura de las Semesterferien, o vacaciones entre semestres), y el campus está muerto, pero no creáis que hay mucho más movimiento los días lectivos.

Como aquí hay poco que hacer aparte de tocarse las pelotas (y por mucho que me guste, no aguanto todo un día), me traslado con frecuencia a Darmstadt, ciudad donde viven los amigos, que está comunicada con el mundo, y desde donde se gestan y parten todas las salidas que hacemos. Que no son muchas, la verdad, pero yo con estar con ellos ya estoy a gusto.

“¿Entonces de qué te quejas? Vives al lado de las clases, no tienes que madrugar, tienes alojamiento y compañía en Karlshof cuando quieres. ¡Si viajas más que nadie! Te quejas por vicio”.

Otra vez. No sé quién se está metiendo en este texto, pero no tiene ni zorra de lo que habla. Vivir en el campus tendría alguna ventaja, y remarco lo de tendría, si y sólo si, las asignaturas que diera me fueran a servir de algo. Y ni así. Es preferible vivir lejos pero vivir en la civilización a vivir al lado. Existe, además, un hecho comprobado, una relación entre los factores puntualidad y distancia al lugar de estudios, que indica que cuanto más cerca se vive, más tarde se llega. Me ha pasado. En la cama uno puede llegar a pensar que se encuentra tan cerca del aula que, si se concentrara un poco, podría llegar a atender la clase. Y claro, uno se concentra tanto que acaba por no levantarse. O aquello de: “Faltan 10 minutos, ya no llego. Ni siquiera vale la pena intentarlo. Me quedo en la cama y eso que gano. Total, no me voy a perder nada”. Es que es eso: no te pierdes nada si no asistes a estas clases. No sé cómo lo hacen pero es así. “Además, para lo que me va a servir. Si no me van a convalidar nada, ¿para qué?”.

Eso digo yo. Si no tiene ninguna ventaja vivir en Dieburg, ¿para qué seguir? La idea de mudarse había crecido en mi interior, y hace un mes justo fui a preguntar al Wohnraumverwaltung del Studentenwerkdarmstadt cómo estaba la cosa. “Oyes, que me quiero mudar”. Nadie lo oyó, aseguran, pero el alma se me cayó a los pies cuando Herr Lowery, el cabecilla de la oficina de alquiler, me dijo que yo, por mi cuenta, tenía que encontrar una habitación libre en Darmstadt, preguntando de puerta en puerta y, a la vez, colgar carteles para anunciar mi habitación de Dieburg y encontrar a alguien a quien traspasar mi contrato. Todo eso. A la vez. “Stupendo, mira. Ahora que estoy de vacaciones pues ya tengo algo que hacer. Que si no, ¿qué? ¿Tocarme las pelotas?”. Pues mira, no fue eso lo que pensé, y tocarse las pelotas no es mal plan, pero ya se encargan los del Studentenwerk de hacerlo por mí. Las mías, digo.

No empecé a colgar carteles enseguida porque existía la posibilidad de endosarle mi habitación a alguno de los erasmus que esté previsto lleguen este mes (sí, soy malo, ¿qué pasa?). Frau Bonin, de la oficina internacional de la FH, según fuentes fiables, había dicho que le iban a llegar 25 estudiantes de intercambio y que sólo disponía de 7 habitaciones para ellos, por lo que si yo me buscaba una habitación-no-erasmus y dejaba libre una habitación-erasmus, le estaba haciendo un favor. Bonin se quitó el muerto de encima nada más verme a la semana siguiente, y me dijo que de eso se encargaba Lowery.

Al día siguiente me hice con la lista de WGs que dejaban una habitación libre a partir del 1º de marzo, y de 27 que visité, me apunté en 15 listas. Los inquilinos de esas WG ya citarían a los solicitantes para entrevistarnos y ver si nos aceptaban como compañeros de piso o no. De esas 15, a algunos les bastaba con la entrevistilla del momento de escribir nuestros datos en la lista, pero poco a poco me fueron llamando hasta 4 para volver a la WG y hablar con ellos. Otras iban respondiendo negativamente: “Lo sentimos pero ya hemos encontrado a otro. Mucha suerte con la búsqueda”. Así unos cuantos.

Y mientras, colgando carteles por todo Karlshof, por la FH, por el campus de Dieburg, por la TU, por la Wohnheim, por la Mensa de la FH, en la parada de bus de Karlshof, en el Schloß, en las WGs de Nieder-Ramstädter-Straße (cerca del campus de Lichtwiese de la TU y de las pistas de deporte) y anunciándome en Internet. Todo para cuatro respuestas hasta el momento, ninguna de ellas positiva.

El jueves de la semana pasada, por fin, la última WG que visité “la tarde que Jordi demostró que cuando quiere aprovechar el tiempo, es capaz de hacerlo”, y la primera WG de la que recibí respuesta para que me hiciera casting, la WG donde viven aquellos con los que más me pareció conectar; esas tres WGs que son la misma, por si alguien se ha perdido, me envió un correo felicitándome porque yo era el agraciado con la habitación libre.

En serio que noté, mientras hablaba con ellos durante aquellos pocos minutos, todos de pie en la cocina / salón / salita / comedor, con el vaso de agua que me habían ofrecido en la mano, con Fabian, Pierre y Katharina, alemán, francés y alemana, respectivamente, presentándome, presentándose, presentándonos, todo en mi alemán chapucero pero útil en una conversación básica, siempre que no me quede en blanco y entonces no me salga ni una puñetera palabra en alemán, que también pasa (es una situación curiosa y frustrante); noté, digo, eso que llaman química. “Me puedo llevar muy bien con esta gente”, pensé.

No pasó lo mismo, y mira que lo intenté, con la WG que voy a llamar “WG de la francesa”. Si todas las veces que me han llamado para entrevistarme he sido el primero en llegar y he estado hablando yo solo con los del piso, con la WG de la francesa llegué un cuarto de hora tarde y ya habían tres competidores hablando con una francesa de intercambio y una china. Vestía mallas negras y jersey con mangas más largas que sus brazos, de forma que cubría parte de las manos, y estaba sentada con el pie derecho subido a la silla, la rodilla doblada en el pecho. El pelo, largo hasta cubrir las orejas, poco más. Encantadora. La estuve mirando a ver si la encandilaba y le transmitía el pensamiento de “dame la habitación, dame la habitación”, pero al final nada, se la dieron a uno de los dos chinos que habían llegado antes. Es normal, si no he encandilado a nadie en más de 25 años, no vamos a empezar a cambiar la historia ahora. Pero bueno, tal vez me asome de nuevo.

Hablaré de una última WG antes de pasar al tercer acto de la historia. En mi primera semana de entrevistas, el viernes 17, visité una con la cocina más sucia y con más vajilla acumulada que ríete tú del cajón que tenemos en Dieburg debajo del fregadero, que tendrá mierda de meses. Me habían citado a las 20h, y a esa hora sólo había uno del piso, que se disculpó por no saber dónde se encontraba el resto de sus compañeros. Como él solo no me podía entrevistar, volví al día siguiente a la misma hora. “Sólo por hacerme esto. Sólo por esto”, pensé, “ya deberían darme la habitación”. El sábado ya eran dos y estuve hablando como media hora con ellos (en inglés ya, que mi cerebro no da para más), muy a gusto pero sin llegar a conectar del todo. Dijeron, atención (aunque la verdad no suponía mucha sorpresa después de ver la cocina), que no tenían calendario de limpieza, como acostumbra a organizarse la gran mayoría de estudiantes que comparten piso en todo el mundo. NO había calendario de limpieza. El chico que estaba el viernes me habló de épocas de caos y orden, que se suceden la una a la otra en un eterno devenir en la WG, que a veces estaba limpia y otras, como ahora, se hallaba sumida en una era regida por el caos. Al chico a veces le daban espasmos raros en la cara.

La semana pasada me respondieron que ya tenían a alguien, y este miércoles me han vuelto a escribir diciendo que si todavía no tengo habitación, que puedo ir con ellos. A buenas horas. Algo raro pasa en esa WG.

Pues bien, una vez los de la WG me han aceptado, paso de nuevo por el Wohnraumverwaltung, pillo el Antrag auf Selbstbelegung, y se los llevo para que me lo firmen. Con este papel me aceptan libremente como nuevo compañero de piso, por lo que la habitación queda ya ocupada a ojos del mundo.

No basta con firmarlo, claro, hay que entregarlo. Paso importante. El último día válido para entregar el papel es el 25 del mes anterior al que se ocupa la habitación. Yo lo recojo el 24, viernes, y la chica que ha estado sustituyendo a Lowery durante sus dos semanas de vacaciones me dice que como el 25 es sábado, también se puede entregar el lunes. Fabian me asegura que otras veces lo han entregado apurando aún más el mes y que no ha pasado nada. También me promete que lo entregarán ellos.

Lunes por la mañana. Tras hora y cuarto de espera en el pasillo del Studentenwerk, dan las 12 y Lowery acaba su turno de atención al público. Por haber esperado, sin embargo, el hombre se estira un poco, todavía generoso en su primer día de trabajo tras las vacaciones, y nos da número para las 13h, después del descanso de la comida. Me toca el tercero. Le recuerdo quién soy y lo que quiero. “Oyes, que yo quería irme del pueblo y me dijiste que tenía que hacer esto y esto otro. Que tengo la mitad, he encontrado un piso. ¿Qué solución hay?”. “What should I do?”, responde unas cuantas veces.

Recuerdo las extrañas condiciones a las que estamos sometidos por vivir en Dieburg. Todo aquel que quiera mudarse antes de que queden 4 semanas para que finalice su contrato de alquiler, debe buscar y encontrar por sus propios medios un siguiente arrendatario a quien traspasarle el contrato. Los de Karlshof pueden pagar 50 euros y mudarse. Nosotros no. Tenemos que proporcionar el llamado Nachmieter. A eso se le llama putada, porque te condiciona a buscarlo en los meses de febrero y marzo, que es cuando vienen nuevos estudiantes que necesitan habitación. Pero claro, si unos vienen, otros se van y dejan habitaciones disponibles. Habitaciones que pillarán antes de venirse al pueblo, donde no quiere venir nadie.

Pues voy y le digo a Lowery que me han aceptado en una WG, ¿no?, y le digo cuál es y él rebusca entre los papelajos de su escritorio. Y va y me dice que no tiene por ningún lado el Antrag auf Selbstbelegung de mi WG que prueba que he encontrado habitación. Pues qué bien. Pues estupendo, oye. Pues va a ser que esta gente tan maja no ha pasado por aquí y se ha olvidado de mí. Porque -y esto es lo que me dice Lowery- si él no tiene el Antrag auf Selbstbelegung de los cojones, firmado por los de la WG y con mi nombre, demostrando que me han elegido para vivir con ellos, pues para el Studentenwerk sigue disponible y pueden meter en la habitación que me tocaba a quien les dé la gana. Pues qué bien. Pues estupendo, oye. Al hombre, aunque no lo parezca, se le ve voluntad de ayudar, y me dice de volver al día siguiente con el papel y entonces, tal vez, pueda hacer algo por mí.

Por la noche llamo dos veces a la WG y no me cogen el teléfono. Mando dos correos a la chica y no responde. La cosa mejoraba por momentos. A la mañana siguiente madrugo y pasadas las 9:30h me planto en la WG. Sólo está el chico que se va y me dejará la habitación. Me deja pasar. Veo el papel encima de la mesa, firmado por los otros dos chicos pero no por la chica, quien se ha ido unos días fuera, muy oportunamente. Es eso o nada. Debe bastar. Lo cojo y lo acabo de rellenar con mi nombre (tal que un cheque en blanco) y el número de la WG y de la habitación. Y me las piro al Studentenwerk, bajo la nieve.

Con el papel, Lowery me dice que la única solución es pagar el alquiler de marzo de esa habitación (además del que ya pago en Dieburg) para reservarla hasta que en abril alguien ocupe la mía, ya sea por haber encontrado yo a alguien, ya porque me coloque a alguien él. Para este mes no ha podido hacerlo porque ocurre lo contrario de lo que dijo Bonin: la FH recibe 15 estudiantes, todos colocados en Karlshof, y debido al éxodo que ha sufrido Dieburg tras la marcha de los irlandeses, le salen habitaciones por las orejas y no necesita la mía para nada. Abril, dice, es otro cantar; entonces, seguro. Le tomo la palabra, pero yo sigo buscando.

Así que el martes por la noche vuelvo a la WG para informarles de cómo está el percal, y de que puedo pagar la habitación pero no ir todavía a vivir con ellos, y que no tendré contrato ni llave de habitación hasta que no traspase el antiguo a alguien. Cuando la pago el miércoles, pregunto a Lowery y resuelvo un come-come que me estaba dando vueltas. Si mi habitación en Dieburg no es erasmus, si en Dieburg no hay habitaciones erasmus, si todo el mundo paga lo mismo, cosa que no sucede en Karlshof, donde los erasmus viven en habitaciones erasmus y pagan más que sus compañeros de WG, ¿tenemos nosotros erasmus en Dieburg derecho a un mes gratis por cada cinco, como sucede con los erasmus de Karlshof, que pagan más cada mes precisamente por estar pagando el sexto mes poco a poco y por adelantado? Nop.

Es lo que quería saber. El alquiler de la habitación en Karlshof no llega a los 180 euros, que sumándole la luz, el teléfono, Internet y lavadoras no llegará a los 210. Los erasmus pagan alrededor de 230 por aquello del sexto mes. En Dieburg venimos a pagar esto pero sin Internet ni mes. Porque Internet, esa es otra historia, si en Karlshof viene a través de hermosos conectores en la pared, los estudiantes de Dieburg se la han tenido que contratar por su cuenta. No nos viene de fábrica. Así cada mes nos sale por la bonita cifra de 240 euros. Total: no sólo pagamos más por nada, sino que estamos puteados y lejos de la civilización, y además ser erasmus no nos beneficia en absoluto. Desde luego somos los primeros de Comunicación que caen en el agujero de Dieburg, pero sin duda seremos los últimos.

El mes. Ese mes. La desigualdad en el trato es lo que más me jode. ¿Dónde van mis 30 euros que pago de más?

Como al final mis gastos habrán sido los mismos, me consuela pensar que a finales de mes ya no estaré viviendo aquí. Tampoco estaré viviendo, por cierto, en la WG de Captain Librarian, que resultó ser la primera en la que albergué esperanzas y de la que no he recibido ninguna respuesta. Lo que significa que si han colocado a alguien, lo han hecho a mis espaldas, a pesar de que me conocían. Y les voy a volver a ver. Me sé, por tanto, de alguien que va a recibir sobres de carbunco. Tranquila, Librarian, no son para ti, pero por si acaso deja que otro compruebe el buzón.

PD: parece que la voz esa se ha callado en cuanto ha visto toda la mierda de la vida en Dieburg.

dimarts, de febrer 14, 2006

AVATAR

Son tiempos de cambio. Febrero, tierra de nadie entre semestres, está siendo testigo de numerosos movimientos. Para los estudiantes de la Fachhochschule Darmstadt y la Technische Universität Darmstadt es tiempo de abandonar sus habitaciones, ya sea por última vez o para buscar otro techo.

Y en esas estamos. No es que no me guste Dieburg, entendámonos, aquí se está muy bien, pero se estaría mucho mejor si la civilización se encontrara alrededor y no a 45’ de distancia. Lo de mudarme no lo hago por mi bienestar personal ni mejora de las relaciones humanas, que conste; lo hago por aquellos o aquellas que tengan a bien visitarme algún día (aunque se reduzca a la persona de mi hermano, como veo venir), para que se ahorren los 3’35 euros que cuesta un viaje sencillo en tren de Dieburg hasta la civilización (ida y vuelta: 7’70: ¡más caro que el Gandia-València y la cuarta parte de su recorrido!; es para cagarse). También está el bus, más barato, pero las cerca de mil pesetas diarias no se las quitaría nadie para moverse también por Darmstadt. Y que no me da la gana que se gasten ese dinero. Por eso, por ellos, por mi hermano, la semana pasada empecé a buscar habitación libre en Karlshof (quién me iba a decir a mí que un día desearía volver al sitio del que me fui).

No es tan fácil irse. Cuando hace dos semanas pasé por el Wohnraumverwaltung del Studentenwerk de Darmstadt para decirles: “Oyes, que me quiero ir del pueblo”, me respondieron: “Pos mu bien. Pero que sepas que tú firmaste un contrato hasta septiembre y que tu habitación no puede quedar vacía. Así que ya me estás buscando a otro tonto que acepte vivir en Dieburg. O si nos, no hay trato que valga”.

Se me cayó el mundo encima. No me iban a ayudar. Yo, por mi cuenta, tenía que encontrar habitación libre en Karlshof al tiempo que encontraba a alguien para instalarse en mi habitación de la Wohnheim de Dieburg. Mi futuro se hallaba (y se halla todavía) ligado a dos variables independientes, según corrobora El Atún.

Tras el pánico (“¡Dios! ¡Si yo nunca he buscado piso!”) y la aceptación (“Todo sea por salir del pueblo”. El pueblo, todo sea dicho, es un estado mental, y un análisis del mismo daría para otro post, que no tiene porqué ser mío aunque mi persona fuera objeto de la investigación en el apartado de “típico comportamiento del pueblerino ante unas escaleras mecánicas en funcionamiento”), la ACCIÓN.

La acción se estrenó la semana pasada cuando llamé a la puerta de aquellas WG (recuerdo: Wohngemeinschaft, vivienda compartida) con habitaciones libres y me inscribí en trece listas de solicitantes. Hoy (bueno, ayer, ya sabéis de mis ciclos de sueño) he recibido un correo y una llamada de teléfono para asistir el miércoles por la noche a sendas reuniones de “presentarse uno mismo a los ocupantes actuales”; esto es, lo que conocemos como “casting”. Antes, mañana (bueno, hoy), tengo que volver por el Wohnraumverwaltung y preguntar si pueden haber dos erasmus en una misma WG, porque sería lo único que se interpondría en la posibilidad de ser acogido bajo el mismo techo que Captain Librarian, a.k.a “La Persuasora” o “La Maestra de Protocolo”.

Todo esto es, sin embargo, sólo la mitad del plan. El sábado por la noche la Imprenta Pablo publicó seis carteles que colgamos por Karlshof y que anuncian mi habitación. A los que hoy (ayer) se les han unido como treinta más distribuidos por tablones de la TU, la FH de Dieburg y Darmstadt, la misma Wohnheim de Dieburg y Karlshof de nuevo. La campaña “Endosarle la habitación a quien sea” ha empezado. Y mañana (hoy), más.

Colgando carteles me he dado cuenta de que no soy el único que pretende irse de Dieburg. Sabía que los irlandeses se van a Berlín con Cartxo (Carlos todavía no lo tiene claro; ellos son los otros dos de Comunicación de Gandia) y sencillamente han cancelado el contrato, pero mi vecino, Yan (me siento un gigante a su lado), y los macedonios del piso de abajo, también están buscando alguien que ocupe su habitación para mudarse ellos. Yan, según noticia de última hora, ha encontrado otro chino.

No sé si los cálculos de Wolfgang incluyen a Steffi, que ha dejado esta tarde la residencia para volver a casa unos días antes de volar el domingo a València y estar unos meses de erasmus en Gandia, pero me ha dicho que ocho personas del piso quieren abandonarlo. Es un éxodo. Es el fin de la comunidad. Dieburg se desmorona. Es normal, nadie friega, ¿qué quieren?

dimarts, de febrer 07, 2006

COSAS QUE ECHABA DE MENOS

Entre la vida social y los trabajos, llevo unos días parando por casa sólo para dormir y a veces ni eso. Por tanto, hoy toca popurrí antes de que vuelva a salir a la calle, no regrese y caduquen los textos.

1. LOS AUTOBUSES

Algún día aprenderé a leer bien e interpretar las notas al pie en un horario de autobuses.
Cojamos el siguiente ejemplo. Horario de los autobuses de Luisenplatz (Darmstadt) a Dieburg una noche de fin de semana:

0:22h (D2), 672, Dieburg Bahnhof.
0:47h, 5507, Aschaffenburg.
1:17h (D2), 5507, Aschaffenburg.
1:22h (D2),
672, Dieburg Bahnhof.
2:22h,
672, Dieburg Bahnhof.

¿Qué es eso de D2? Bajo la vista y leo, en la parte de Zeichenerklärung:

D2: Verkehrt nur am 26.02 und 30.04.2006.

Parece que quiere decir que sólo circula dos días al año. Pienso para mí que un autobús que sólo circula dos días al año es una gilipollez que no tiene derecho a la vida y me decido por esperar.

Por de pronto, el de las 0:22, que era que el quería coger, no pasa.

Veo venir y dejo irse el 5507, que va a Aschaffenburg pero pasa por Dieburg Bahnhof. Era un autobús que no había visto nunca y al que no subía nadie. Como, por muy aislado que esté el pueblo, no concibo que nadie suba al bus para volver a Dieburg, porque siempre hay gente esperando, yo tampoco subo. Me quedo con el come-come, eso sí.

Pasan las horas y se confirma:

a) el que hace los horarios de la RMV está como una puta chota.

b) además, no usa ninguno de los medios de transporte de la RMV.

c) la nota al pie D2 es una gilipollez que no tiene derecho a la vida.

El resultado: catarro. Porque resulta, que aunque sea a las 3 y media de la noche, y localizada en Dieburg, en el trayecto desde la parada del bus hasta la puerta de la Wohnheim, en Alemania también hay humedad. Y se ve.


2. CHESTERTON

«Entonces comprendí el significado del humo. El humo era como la ciudad moderna que lo produce. No siempre es opaco y feo, pero invariablemente es malvado y vano.

«La Inglaterra moderna era como una nube de humo. Podía desplegar todos los colores, pero no podía dejar nada más que suciedad. Era nuestra debilidad y no nuestra fortaleza la que ponía aquella variada basura en el cielo. Eran los ríos de nuestra vanidad vertiéndose en el vacío. Habíamos cogido el círculo sagrado del remolino del viento, lo habíamos menospreciado y lo veíamos como el remolino de una charca. Y luego lo habíamos utilizado como un fregadero. Era un buen símbolo de la rebelión de mi propia mente. Sólo nuestras peores cosas iban al cielo. Sólo nuestros delincuentes podían ascender aún como ángeles».

-Gilbert Keith Chesterton, El hombre vivo (1912)

(¡Lo he acabado hoy!)


3. MOVERME

Tras meses de sedentarismo erasmusiano, en enero me traje mis deportivas de correr porque había pensado que ya era hora de volver a hacerlo. Siempre me ha gustado, desde que empecé hace más de seis años, cuando perdí los suficientes kilos como para poder correr sin sufrir demasiado. Sin embargo, con tanta nieve, sin ganas de madrugar, y sin horas de luz por las tardes, no encontraba el momento. Tendrían que obligarme a hacer ejercicio.

Así, arrastrado por el mono de actividad física y fácilmente convencido por Bea, me uní la tarde del jueves a la práctica del schwitz-fit en el Spielhalle de Böllenfalltor, en el campus de Lichtwiese de la TU (al menos creo que es ahí donde me llevaron).

Centenares de personas, capaces por un momento de hacerme retroceder y de dirigirme hacia la puerta (para salir corriendo de allí), se encontraban ya en movimiento cuando llegamos.

La monitora, guía de nuestros cuerpos durante casi una hora y epicentro de la masa, estaba oculta la mayor parte del tiempo a la vista de cualquiera, como nosotros, que sudara en las últimas filas. La mujer daba las instrucciones en alemán, lo que me obligaba a estar con la cabeza siempre levantada y buscándola con la mirada, no para orientar mis orejas y escucharla mejor (ni esforzándose la comprendía uno), sino para ver qué hacía, si no ella, el resto de gente.

Para poder seguir los ejercicios, utilicé la técnica de “imita al que tienes delante”, así que si la chica de delante de mí levantaba la pierna izquierda, fracciones de segundo después yo hacía lo mismo. Y estaba pendiente de no descuadrarme demasiado con ella porque a la mínima que se encontrara en una fase del ejercicio diferente de la mía, me mareaba y perdía el control de mis extremidades. Mi mente no da para más.

Lo peor es que cada vez que le cogía el truco a la coordinación de uno de esos ejercicios combinados (que si levanta recta la pierna derecha y tócate la rodilla con la mano, pasito a la izquierda, nosequé con los brazos, lo mismo con la pierna izquierda,...) cambiaban a otro nuevo que tenía que copiar. Así no me dejaré de sentirme (y ser) un patoso en la vida.

Una última cosa. En contra de lo que pueda parecer, de verdad que fui a hacer ejercicio. En el mundo (y en un pabellón deportivo) hay lo que hay, y uno todavía tiene ojos. Y como se dio el caso que tenía la cabeza siempre al frente, ya estuviera de pie, arrodillado o acostado en el suelo recordando que tengo abdominales (y que me duelen), en mi campo de visión se cruzaron unos culos que sólo pueden calificarse de perfectos. Así, sin más.

Y el jueves, vuelvo.